La exhumación de unas 150 víctimas de una masacre cometida por el Ejército en 1983 en Copapayo, 70 km al noreste de San Salvador, comenzó ayer ante la presencia de forenses y familiares, constató la AFP.
En las primeras excavaciones realizadas ayer, los forenses hallaron los restos óseos, casi a flor de tierra, de mujeres y niños masacrados por el Ejército salvadoreño entre el 3 y el 4 de septiembre de 1983.
Las exhumaciones se realizan en la parte más alta de la colina de San Nicolás, de unos 300 metros, y se iniciaron a petición de familiares que obtuvieron el apoyo del Centro para la Promoción de los Derechos Humanos Madeleine Lagadec.
Partes de brazos, vestidos, un pantalón y casquillos de balas disparadas formaron parte de los primeros hallazgos en la colina, que forma parte de una reserva forestal donde los campesinos de la zona cultivan maíz y se dedican a la ganadería.
"Estamos en estas exhumaciones que ordené debido a que los familiares quieren darle cristiana sepultura a sus deudos", declaró la jueza del poblado de Cinquera, Juana Solorzano.
"Hace 19 años logré sobrevivir a la masacre, me encontré con los cadáveres dispersos y destrozados por perros y aves de rapiña y ya sin cabeza, por eso decidí enterrarlos aquí", declaró uno de los sobrevivientes de la matanza, Alfonso Sosa (67).
Este recordó que "la masacre fue terrible, los soldados dijeron que todos deberían morir por ser colaboradores de la guerrilla y así fue. Los que logramos sobrevivir huimos a territorio hondureño, donde fuimos concentrados en el campamento de Mesa Grande".
"Aquí perdí a mi hija María Emilia, de 24 años, y a pesar de que los años pasan el dolor siempre es el mismo. Lo más terrible es que no sabemos en qué punto exacto quedaron, por eso venimos a este cerro a depositar flores", aseguró, por su parte, Catalina Ortega, de 71 años.
Ortega culpó de la matanza al temido batallón Atlacatl, el mismo que cometió otras masacres en diferentes puntos del país y que el 16 de noviembre de 1989 asesinó a seis sacerdotes jesuitas de la Universidad Centroamericana de San Salvador.
Tras el fin de la guerra civil salvadoreña, con la firma de acuerdos de paz gobierno-guerrilla, el Batallón Atlacatl fue proscrito y disuelto.
Ayer, la exhumación de las osamentas también fue dramática para Inés Sosa, quien en la masacre perdió a su madre, a su esposo y a sus diez hijos, todos menores de edad.
"Lo que aquí pasó no tiene nombre, me mataron todos los niños; el mayor tenía 14 años y el menor 3, hoy ya no pedimos castigo para quienes cometieron la masacre, lo que deseamos es identificarlos y que tengan una tumba", subrayó Sosa.
Nayda Medrano, del directorio del Centro Madelaine Lagadec, relató que para llegar al desentierro de las osamentas realizaron los trámites legales, debido a que "las víctimas son muchas y están dispersas en varios lugares".
En El Salvador, la guerra civil (1980-1992) dejó el saldo de más de 75,000 muertos entre civiles y combatientes, más de 7,000 desaparecidos y pérdidas a la economía por 1,579.5 millones de dólares.