Cristina se equivocó y pagó el precio de su error. La soberbia de la presidenta y su marido fue más fuerte que cualquier lógica y empujó al país a una crisis absurda, innecesaria y peligrosa que remontó a la Argentina a las puertas de un abismo semejante al vivido en la crisis del 2001.
El gobierno demostró, una vez más, su falta de capacidad para generar consensos y sostuvo terca y caprichosamente una posición radical en un conflicto que arrancó como un simple reclamo impositivo y acabó transformándose en la peor crisis política-institucional que enfrentaron los Kirchner desde que llegaron al poder.
Lejos de buscar una solución por vía del diálogo, el discurso agresivo y arrogante del matrimonio Kirchner se ganó el rechazo de gran parte de la sociedad porque no supo separar el mero reclamo tributario de los representantes del campo de los verdaderos problemas que preocupan al pueblo argentino. Negar la inflación dibujando cifras irreales, significó desconocer la realidad que diariamente viven millones de personas que deben hacer malabares para llenar la carretilla del supermercado.
Encerrada en su minúsculo espacio de poder, escuchando solo el discurso belicoso de Néstor Kirchner, Cristina se ganó más enemigos de los que podía enfrentar y terminó aislándose de todos los que pensaban diferente. No debe extrañar entonces que el destino le pasara factura a su arrogancia y que su propio vicepresidente, a quien no le dirigía la palabra desde hace meses, terminara haciéndole pagar su peor error político.
Es hora de aprender de los errores y aceptar que el estilo autoritario y dictatorial que hasta ahora usaron para gobernar ya no es aceptado por la sociedad, que espera políticas maduras e inteligentes.