La guerra en Irak termina con un balance contradictorio para el primer ministro británico, Tony Blair: un éxito militar y un eje Londres-Washington más fuerte que nunca, pero también una "vieja Europa" para reconstruir y unos laboristas divididos a nivel interno.
Londres envió 45,000 militares al Golfo -casi una cuarta parte de los efectivos de sus fuerzas armadas - y las pérdidas son modestas: 30 muertos hasta el 14 de abril. Las fuerzas armadas británicas, las más poderosas de Europa, mostraron en este conflicto una eficacia y un profesionalismo alabados por los especialistas. No se registraron "disparos amigos" ni civiles muertos por soldados presas del pánico como ocurrió con los estadounidenses.
El sur de Irak fue conquistado con paciencia, tras combates violentos pero con sangre fría, lo cual demuestra, se jactan los medios ingleses, que la enseñanza de Sandhurst, la academia militar británica, es mejor que la de West Point, su equivalente estadounidense.
Las tropas británicas, que sufrieron sólo tres bajas en la operación de Basora en la que causaron la muerte a cientos de iraquíes, consideran que la toma de esta ciudad iraquí es un modelo de estrategia militar.