Mundo

Hay alimentos, pero mueren de hambre


Los ojos negros de cuencas profundas miran fijo el vapor que emana la sopa aguada de fideos y porotos. No es un manjar, pero para Fabiana Casapava el plato tiene un sabor inigualable: hasta que el comedor no vuelva a abrir sus puertas ese será su único alimento.
Desde hace dos años come junto a sus hermanos en uno de los centros asistenciales que funciona en el pueblo de Garupá, en la provincia de Misiones, unos 1,100 kilómetros al noreste de Buenos Aires. Allí, donde la tierra es rojo fuego, los caminos suben y bajan, la selva se vuelve impenetrable y el calor podría fundir el metal, siete de cada 10 niños está desnutrido.
Paradoja de un país que se jactó de ser "el granero del mundo" y que exporta miles de toneladas de cereales y carne mientras sus vástagos mueren de hambre, la mitad de sus 36 millones de habitantes vive en la pobreza y el 21.5% de la gente no tiene empleo.
Para el doctor Ulises Soto, quien desde el 2000 brinda asistencia alimentaria y médica en un comedor que fundó con la ayuda de sus amigos, la desnutrición infantil es cosa de todos los días. Uno va caminando y apenas ve la silueta del niño ya se nota que es desnutrido. El vientre hinchado, las piernas delgadísimas, la cabeza grande y los ojos hundidos. Algunos hasta tienen dificultades para caminar"", cuenta.
"No hay para comer en casa", dice María Rosa Barrios de ocho años mientras saborea el pan con dulce que le dieron de postre en el comedor de Soto. Papá tiene trabajo pero no alcanza para todos, a veces no hay cena, cuenta antes de calzarse las rotas zapatillas. En la ciudad de Oberá, Fabiana Bianchi intenta consolar a su bebé cuyo llanto resuena en la Sala de Recuperación Nutricional del único hospital de la zona, el SAMIC. Gustavo tiene un año y medio pero pesa seis kilos, muy por debajo de la media normal.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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