La vida de las familias con niños autistas es dura: Hay que enseñarlos a aprender, porque ellos no imitan la conducta de los padres, como lo hacen los otros niños. Para ellos, las reglas no existen.
No hablan, o hablan muy poco, porque no les interesa el contacto con el resto del mundo. Por eso no hay empatía entre un autista y los demás. Incluso, para el terapista es difícil hacer que el autista ponga atención, simplemente porque no hay empatía entre él y el niño.