El tradicional regateo, que a menudo resulta una molestia para unos, se acerca a su final en la capital de Camboya a raíz de la norma municipal que obliga a los comerciantes a mostrar el precio de los productos que venden.
Este tira y afloja entre vendedores y compradores es una práctica extendida en Phnom Penh y en el resto del país, para negociar desde la compra de un pantalón hasta la tarifa de un simple billete de autobús.
Pero esta extendida práctica ha sido ahora demonizada por las autoridades municipales que, con ello, persiguen crear un clima comercial propicio para el creciente número de turistas que, poco familiarizados con el regateo, mantienen, a veces, desagradables pulsos con el comerciante.
"Es un abuso por parte de los vendedores y hay que acabar con eso", asegura Kim Savuth, director de la sección de Administración del Ayuntamiento de Phnom Penh y uno de los responsables de la cruzada contra el regateo.
"No va a beneficiar sólo a los turistas, pretendemos que también sea positivo para los camboyanos", continúa el funcionario.
El regateo en Camboya es todo un ritual en el que se intercambian sonrisas, muecas y tácticas diversas para pactar un precio que, en ocasiones y dependiendo de la habilidad del comprador, desciende hasta la mitad del importe de partida.
Esta reglas no escritas son fruto de muchos años de práctica y durante la pugna, que excluye a algunos productos como la comida o las medicinas, están mal vistos los enfados, aunque se producen.
Todo este protocolo es para las personas acostumbradas a una especie de juego entretenido que ahora se resisten a abandonar los dueños de los puestos callejeros, que de ninguna forma quieren colocar los carteles con el precio como han ordenado las autoridades municipales.
"No pienso poner los precios porque los clientes siempre buscan el regateo. Aunque ponga el precio justo siempre intentan bajarlo", asegura Roath, una vendedora de ropa del mercado central de Phnom Penh.