Un año después de que un terremoto de 9 grados en la escala de Richter seguido de un tsunami sacudiera el noreste de Japón el 11 de marzo, la zona se encuentra en plena reconstrucción y los reactores en la central nuclear de Fukushima están en "parada fría".
Terminar con la crisis es un desafío a largo plazo ante la dificultad de retirar el combustible nuclear del interior de los reactores antes de desmantelar la planta, lo que puede llevar cuatro décadas.
Además, cientos de miles de personas siguen desplazadas bien por la crisis nuclear, bien por los daños del tsunami sin conocer cuál será su futuro, mientras en Fukushima las labores de descontaminación avanzan con lentitud.
Todas las ciudades costeras de las provincias nororientales de Iwate, Miyagi y Fukushima celebrarán hoy memoriales en honor de los casi 20 mil muertos y desaparecidos que dejó la catástrofe y se unirán en un minuto de silencio.
En medio del trajín vinculado al aniversario, muchas localidades continuaban con la limpieza de escombros, ya que se calcula que de los cerca de 22 millones de toneladas de residuos que dejó el tsunami quedan aún por recoger más de 6 millones.
En el caso de Ogatsu, los pocos vecinos que quedan en esta villa pesquera donde murieron unas 200 personas pudieron contemplar finalmente la retirada de un autobús volcado sobre el techo de un centro deportivo que se había convertido en la triste estampa del lugar durante casi un año.
Sin embargo, retirar hasta el último de los escombros no bastará para aclarar el destino de los 330 mil evacuados que viven aún repartidos en casas temporales y pisos de alquiler en todo el noreste nipón.
Futuro incierto.
Parte de los 80 mil desplazados por culpa del accidente en la central nuclear de Fukushima desconocen si alguna vez podrán regresar a sus hogares, mientras que una fracción de los que perdieron sus casas por el tsunami se debate entre permanecer en la región o mudarse definitivamente.
En cualquier caso, ningún ayuntamiento ha aprobado la reubicación de los vecindarios en zonas de riesgo junto al mar y que deben ser trasladados a terrenos más altos, debido a que la complicada geografía de la región obliga a apisonar enormes superficies, lo que dispara los presupuestos.
Además, algunos municipios son reservados a reconstruir las pequeñas pedanías que por la progresiva despoblación del entorno rural absorbieron en las últimas décadas, ya que consideran que reconstruir el municipio con un proyecto más centralizado ahorra costes y garantiza su supervivencia.
Incluso el exalcalde de Onagawa Nobutaka Azumi llegó a decir que recomponer piedra a piedra pequeñas villas apartadas donde solo viven ancianos y que ya están condenadas a desaparecer es un sinsentido.
"En el caso de las familias jóvenes, muchos quieren irse o lo están pensando. Especialmente madres y niños quieren marcharse porque tienen miedo", contó Noboru Masaki, un camionero de 63 años que perdió su casa en Ishinomaki.
"Para los jóvenes es más fácil hacer borrón y cuenta nueva, pero para la gente de mi edad no. Para nosotros el jimoto (ciudad natal, en japonés) es el jimoto", añade.
El argumento de Masaki se refleja en el descenso poblacional que ha experimentado la costa nororiental en el último año y es especialmente visible en ciudades más devastadas, como Onagawa, Minami Sanriku o Rikuzentakata, donde el censo ha decrecido un 10% o más, según datos de la agencia Kyodo.
Peligro latente.
La radiación aún escapa de la planta nuclear Dai-ichi, que está cerrada, aunque a un paso mucho más lento que el que tenía en las semanas tras el desastre. No resulta inmediatamente mortífera, pero podría provocar cáncer u otras enfermedades.
La incertidumbre crea temor. Algunos expertos dicen que los riesgos son muy bajos fuera de la zona de exclusión de 20 kilómetros, y la gente puede tomar medidas para protegerse, tales como limitar el consumo de alimentos producidos localmente, no merodear “puntos críticos”, incluidas alcantarillas, canalones y follaje, y pasar temporadas fuera de la zona.
Pero los riesgos son mucho mayores para los niños y nadie puede decir a ciencia cierta cuál nivel de exposición es inocuo.
Lo que está claro es que Fukushima va a servir como un caso de prueba para exposición a largo plazo y radiaciones en dosis bajas.
Más de 280 mil personas viven en la ciudad de Fukushima, aunque algunas se han ido, y otras más viven en los pueblos circundantes, incluyendo los más de 100 mil que fueron evacuados de la zona de exclusión.
“La gente está aterrorizada'', dice Wolfgang Weiss, director del Comité Científico de las Naciones Unidas sobre Efectos de Radiación Atómica, que está estudiando Fukushima.