A lo largo de los ocho años del papado de Benedicto XVI, este vivió situaciones gratificantes y otras vergonzosas, y no precisamente por su culpa, sino por la madre naturaleza, que en algunas oportunidades le jugó una mala pasada con sus atuendos.
En una que otra oportunidad, parte de sus vestimentas le quedaban en la cara en momentos en que oficiaba una misa multitudinaria o participaba del ángelus.

Uno de esos hechos ocurrió durante una audiencia semanal en la Plaza de San Pedro, en septiembre del año pasado, cuando el viento le voló el cuello de la vestimenta.
En otras presentaciones el sumo pontífice perdió el solideo (un pequeño gorro) que le cubre la cabeza, poniéndolo en aprietos a él y a sus asistentes.

Por otro lado, a pesar de las máximas medidas de seguridad, realizó un paseo en góndola para acercarse a los fieles de la iglesia.
En su viaje a México bendijo a un bebé, y para compensar su cariño y bendiciones, los mexicanos le regalaron un sombrero charro, el que utilizó encantado.


