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La prevención de los desastres es un asunto de todos

La desaparición de los glaciares, y el cambio de nieve a lluvia en las montañas, significará, inevitablemente, un mayor peligro de inundaciones, y un mayor costo para las comunidades asentadas en los valles.


El mes pasado, en la peor tormenta invernal de los últimos ocho años, más de 45 europeos murieron. Hombres, mujeres y niños fueron sacudidos contra muros que se derrumbaban y maquinaria que caía a pedazos. Algunos quedaron atrapados en sus automóviles y fueron aplastados por los árboles desraizados. Hubo colapso de edificios y vías de comunicación barridas por la fuerza de los vientos.
Millones de hogares quedaron a oscuras, miles de personas resultaron heridas y decenas de millones quedaron atrapados sin poder asistir al trabajo a causa de caminos bloqueados y del cierre de estaciones de ferrocarril y de aeropuertos en Gran Bretaña, Holanda y Alemania.
Todo esto ha tenido lugar en el continente con mayor tradición de observación científica del estado del tiempo, de los más sofisticados sistemas de previsión y con la mayor inversión en legislación gubernamental para la seguridad general.
De esta forma, la muerte y la destrucción han proporcionado lecciones tanto para Europa como para el resto del mundo.
Hace dos años, 168 naciones se dieron cita en Kobe, Japón, para adoptar un marco de acción para aumentar la resiliencia ante los desastres. Las naciones europeas estaban entre los líderes de los debates sobre el tema.
La lección de Kyrill, el nombre de la tormenta-ciclón que barrió desde el norte del Atlántico a lo largo de todo el norte de Europa y dejó un saldo de devastación desde Escocia hasta Rusia entre el 17 y el 19 de enero, es algo de lo que todos tenemos mucho que aprender.
Las naciones del oeste y norte europeos pueden estar relativamente seguras en términos económicos y son tecnológicamente avanzados, pero todavía son vulnerables a los vientos invernales. Y este episodio ha sido un cruel recordatorio de la gran fragilidad de la vida, en particular para el mundo en desarrollo, en donde las violentas tormentas tropicales y en donde los desastres causados por la vulnerabilidad ante los azotes naturales cobran cada año, un mayor número de víctimas.
Puede que haya una lección más profunda aún: los europeos están comenzando a darse cuenta de que están cada vez más expuestos a un riesgo creciente en un mundo cambiante.
Mientras Kyrill cobraba fuerza sobre Terranova en Canadá y se disponía a tomar Europa en calidad de tormenta, la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo predijo que el alza en las temperaturas podría significar el fin para los deportes alpinos que generan riqueza a las comunidades de montaña. En el plazo de 45 años, -advierten los investigadores-, el 75% de los glaciares alpinos pueden desaparecer. Prácticamente todas las estaciones de ski se verían forzados a cerrar. Pero la desaparición de los glaciales, y el cambio de nieve a lluvia en las montañas, significará, inevitablemente, un mayor peligro de inundaciones, y un mayor costo para las comunidades asentadas en los valles.
El día en que Kyrill comenzó a ceder, la Administración Atmosférica y Oceanográfica de los Estados Unidos advirtió que el recalentamiento global podría acelerarse en vista de que los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera planetaria son mayores que los previstos en el 2006, quizá a causa de la sequía en el Amazonas, a los incendios forestales y al tiempo en Europa.
¿Podría ser que un mundo más caliente signifique tormentas más terribles y más frecuentes, olas de calor más severas, sequías más prolongadas, e inundaciones más desastrosas? Por más de una década, los científicos han advertido de una posible conexión entre el recalentamiento global y el mayor riesgo de desastres ligados al estado del tiempo. El próximo informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático confirmó este temor y ahora hay que establecer una nueva agenda para investigar en torno a la vulnerabilidad humana.
Según el Centro para la Investigación en Epidemiología de Desastres, CRED, de Bélgica, en el 2006 hubo un aumento significativo de las inundaciones catastróficas en todo el mundo: 226 inundaciones comparado con el promedio de los últimos cinco años que fue de 162.
Hubo también un ligero incremento en el número de eventos con temperaturas extremas: 30 desastres producidos por olas de calor y por tormentas de hielo comparadas con un promedio anual de 23.
Las buenas noticias son que hubo menos huracanes, 66, en comparación con el promedio anual de 106, pero en medio de esta cascada de datos y de estadísticas, inesperadamente, tres países europeos se ubicaron en el ranking de los 10 con más letales desastres causados por eventos naturales el año pasado. Olas de calor afectaron unas mil personas en Bélgica y Holanda, Ucrania ingresó también en ligas mayores cuando cientos murieron a causa de una repentina helada.
Así las cosas, el desafío para Europa es el mismo que para el resto del mundo: hacer la reducción del riesgo de desastres, una prioridad: en las oficinas gubernamentales, en todos los niveles de la vida industrial o de negocios, en las escuelas, en las calles, en las vertientes de montaña, dondequiera que sea.
El desafío es conocer que hay una clara relación entre la degradación del medio ambiente y los peligros que eso entraña. El desafío es hacer que todos, europeos, americanos, africanos, asiáticos, y sus instituciones sepan de las fuerzas de la naturaleza y del aumento de la vulnerabilidad.
Habrá más inundaciones, más incendios forestales, más tormentas de nieve y olas de calor, más derrumbes y más vientos huracanados. Todo eso está en camino. Pero también sabemos cómo reducir riesgo y vulnerabilidad.Debemos estar listos y eso significa darle a la reducción del riego de desastres, la máxima prioridad.
(*) El autor es director de la secretaría de la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres de las Naciones Unidas, con sede en Ginebra, Suiza. (www.unisdr.org)


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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