K atmandú, la capital de Nepal, es una ciudad tan alborotada como mística. Las callejuelas y los balcones de madera contrastan con una imponente arquitectura religiosa: los templos budistas e hindúes llenan la ciudad. Trescientos mil habitantes tiene la ciudad de Katmandú, que se encuentra en el imponente valle que lleva el mismo nombre.
Mucho podría decirse de Katmandú, de sus edificios, historias y personajes urbanos. Sin embargo, entre tanto, elijo la historia de la Kumari, o diosa viviente.
Historia.
Todo comenzó hace algo más de mil años. Una mañana muy temprano, cuando recién había salido el sol, una niña que no alcanzaba los cuatro años de edad, atravesó el mercado corriendo descalza. Llegó hasta el Palacio del rey de turno acelerada y fatigada. Después de hablar con todos aquellos con los que había que hablar, logró llegar hasta el rey.
Ante semejante declaración, todos los que rodeaban al rey se quedaron estupefactos. ¿Una niña de un metro llegaba al palacio antes del desayuno real diciendo que llevaba consigo el espíritu de una de las máximas divinidades? Evidentemente, o les estaba tomando el pelo... o estaban frente a una diosa viviente.
Así fue como, tras una serie de delicadas pruebas, el rey comprobó que la pequeña niña era nada más y nada menos que la Virgen reencarnada. Inmediatamente, mandó construir para ella un palacio en la Plaza Dubar, que se encuentra en el centro de la ciudad, y es, dicen los habitantes de Katmandú, "donde todo sucede".
Desde ese momento esta tradición continua vigente.
Selección.
y requisitos. Es un asunto más que serio y delicado. Las Kumaris deben ser niñas entre cuatro y cinco años que deben cumplir con exactamente treinta y dos requisitos.
Tanto el pelo como el iris de los ojos deben ser de color negro. Su salud no podrá presentar ni la más mínima complicación, además de que las niñas no pueden ser consideradas Kumaris si tienen alguna cicatriz en el cuerpo, debido a que se supone que la Diosa Virgen jamás ha sangrado.
Una vez que estos y otros requisitos han sido aprobados, aquella niña que aparenta ser la Reencanación de la Diosa es encerrada en una cuarto donde se la asusta con máscaras de demonios, velas, y toda clase de objetos de los que dan miedo.
Una vez superada esta prueba, que claro está, no lo logra cualquiera, la niña será considerada Kumari.
Ella y su familia se trasladan al Palacio Kumari Bahal, donde la pequeña vivirá encerrada.
Cero salidas.
Sólo una vez al año, con motivo de su peregrinación, la Kumari saldrá de su Palacio. Cuando llega a la adolescencia, se comienza un nuevo proceso de selección para elegir a la Kumari que la reemplace, ya que se considera que cuando termina la niñez, la Diosa reencarnada, se transforma en una mortal.
Niña Diosa se retira.
La última Diosa Kamuri es Preeti Shakya, una niña de 11 años de edad reverenciada en Nepal por budistas e hindúes como K-umari, o diosa viviente, quien renunció a su posición "divina"
Tras ser adorada durante nueve años como encarnación de la diosa Kali, Sajani Shakya se halló en el centro de una controversia religiosa, debido a un viaje que hizo a Estados Unidos para promover un filme sobre las diosas vivientes de Nepal.
Algunas autoridades religiosas censuraron el viaje, el cual consideran que atenta contra la tradición debido a que dada su condición de Kumari debería vivir confinada en la ciudad santuario de Bhaktapur, cerca de Katmandú, y sólo salir de su palacio tres o cuatro veces al año. "Ella ya dejó de ser una Kumari", confirmó Dipak Pandey, un alto funcionario del sector cultural nepalés.
"Estamos tratando de encontrarle un reemplazo", añadió.
Las diosas vivientes dejan esa condición generalmente cuando alcanzan la pubertad. Entonces, obtienen beneficios como una pensión vitalicia, según el funcionario cultural Pandey.