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Los emigrantes latinos intentan rehacer sus vidas después de ‘Sandy’

Las inundaciones provocadas por “Sandy” obligaron a la evacuación de 375,000 neoyorquinos, así como de algunos hospitales, y dejó a cientos de miles sin energía eléctrica.


Nueva York (EFE) / EFE

El 29 de octubre de 2012 sigue muy presente en la memoria de neoyorquinos como Jesús Aguilar y Jennifer García, emigrantes mexicanos a los que el huracán Sandy arrebató todo lo que tenían y, un año después, aún continúan luchando por rehacer sus vidas.

Un recorrido por Port Richmond, una de las zonas afectadas por el azote de “Sandy” en Staten Island y hogar de una gran comunidad mexicana, muestra el contraste entre las casas ya reparadas y de sus habitantes que han continuado con su vida normal y el de las viviendas vecinas, algunas con puertas y ventanas tapadas con planchas de madera, o con cristales rotos y hierbajos que han crecido a su antojo.

Aunque en algunas puertas cuelga el letrero -que ya ha perdido el color por el paso del tiempo- que autoriza a sus habitantes a regresar, las casas están aún abandonadas, necesitadas de reparaciones.

En esas casas vivían de alquiler muchos latinoamericanos, sobre todo mexicanos, que por su estatus migratorio no pudieron acceder a ayudas oficiales tras haber perdido todas sus pertenencias.

Tras el paso de “Sandy” salió a relucir que algunos dueños no tenían seguros adecuados, mientras que otros afrontaron problemas para cobrar el dinero de las pólizas, lo que hizo aún más lento el proceso de reconstrucción.

“El dueño de esta casa no ha hecho absolutamente nada. Dice que está evaluando, que no sabe si la va a reparar o si la vende”, dijo Steffani García sobre el que fue hasta hace un año su hogar, junto a su esposo y dos hijos, y que ahora es una vivienda inhabitable dañada por la inundación de la zona, que quedó literalmente bajo el agua. Las inundaciones provocadas por “Sandy” obligaron a la evacuación de 375,000 neoyorquinos, así como de algunos hospitales; dejó a cientos de miles sin energía eléctrica y 80,000 toneladas de escombros.

“Fue una experiencia superhorrible; la tristeza muy grande por mis hijos, por mí, por muchas cosas”, dijo García, de 25 años, que trabaja como cajera en un supermercado, mientras que su esposo es obrero de construcción.

“Estamos tratando de salir adelante, de reconstruir nuestras vidas. Encontramos otro lugar, pero no es lo mismo”, explicó García, quien señala que uno de sus hijos “llora mucho” porque el trauma le afectó más.


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101 años de Panamá América

 
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