Estos "santos" que viajan en autobús arropados por el humo de los tubos de escape y del fragor del caótico tráfico de la capital venezolana son de los más venerados y a ellos encomiendan su vida diariamente miles de personas.
Sus altares no responden a ningún tipo de imaginería y ni siquiera necesitan pedestal en medio del bullicioso y tórrido ambiente callejero, que nada tiene que ver con el orden, silencio y frescor de los templos.
Se les puede ver por toda la ciudad en los panorámicos ventanales traseros de los autobuses urbanos que cubren las rutas internas y periféricas de Caracas adentrándose en peligrosos barrios en los que no está de más la ayuda de un santo para sobrevivir.
Pintarrajeados con vivos colores sobre el amplio ventanal o pegados como grandes adhesivos, su imagen va frecuentemente acompañada de alguna leyenda, que permite adivinar algo de su identidad y de la personalidad del conductor del autobús.
También es un escaparate ambulante del sincretismo religioso venezolano, en el que el cristianismo está penetrado por ritos de procedencia africana, como el de los "babalaos", e indígena, como el de la diosa de las aguas y de la selva, María Lionza.
No es difícil encontrar referencias de ambos en el transporte urbano caraqueño e incluso de otras manifestaciones de esoterismo como "ánimas" o "espíritus benefactores", que contrarrestan las malas jugadas de los "espíritus burlones".
Uno de los objetivos que los conductores persiguen con semejante "corte de los milagros" es contar con la "protección" de algún ser superior a la hora de afrontar la agobiante inseguridad que padecen Caracas y su área metropolitana.
Todos los años mueren varias decenas de conductores, principalmente taxistas, y a nadie extrañan noticias sobre tiroteos dentro de autobuses urbanos.
Manuel Izquierdo, un veterano de las rutas marginales del oeste de la capital, es de los tradicionales y pasea y lleva en su "buseta" (autobús pequeño) a San Antonio, compitiendo con el anuncio de un refresco.
"Esta es la tercera unidad que cargo y en todas he llevado su imagen. He tenido problemas con los malandros, como todos mis compañeros, pero gracias a Dios y a San Antonio, he salido siempre con bien", señaló Izquierdo haciendo al final un gesto en el aire, como si hubiese tratado de santiguarse.
Otros no buscan protección celestial y llevan sus iconos por simple devoción sin pedir nada a cambio, eso dicen al menos.
En la vitrina móvil que son los autobuses también se reparten honores con lemas cuyo encabezamiento siempre empieza por "En Honor a" seguido por el nombre del homenajeado, que puede ser el Niño de Atocha, la Reina María Lionza, el venerable José Gregorio Hernández, la Virgen de la Chiquinquirá, Santa Bárbara o San Benito.
También tienen vocaciones heterodoxas, según el catolicismo, como el "Anima de Pica Pica", el "Indio Guaicaipuro", el Negro Felipe o a "Las Siete Potencias", y no faltan mensajes de orden apodíctico como "La Gloria es de Dios".
Algunas de las pinturas tienen cierto mérito artístico, pero otras son de "espanto y brinco" y la identidad de los retratados resultaría un misterio de no llevar su nombre.
En ese sentido, sería difícil decir si los poderes protectores de un San Onofre, visto recientemente, son resultado de su condición beatífica o del aspecto que intimida, que ofrecía desde las alturas de su ventanal.
Algunos conductores llevan, además, otras imágenes en la parte delantera, junto al parabrisas, o rosarios colgados del espejo retrovisor.
En todo caso, este santoral rodante refleja una forma de entender la vida en la que la relación con el más allá es profunda, se resiste a corsés institucionales y va por libre, para adaptarse mejor a las necesidades cotidianas.
Los Santos van en autobús
Algunos conductores utilizan las imágenes por seguridad celestial o por devoción.