El presidente Luiz Inacio Lula da Silva y su equipo, en particular su ministro de Cultura, Gilberto Gil, están imprimiendo en el gobierno un "jeito" (estilo) brasileño, informal y desacartonado.
Las principales víctimas del estilo que aporta Lula son sus guardaespaldas, que no saben a qué santo encomendarse en cuanto el presidente se baja de su auto para ser abrazado, besado y tocado por las decenas de personas que le esperan allá donde se desplaza, incluso a la entrada de su residencia, en el Palacio de la Alvorada.
A las advertencias sobre el peligro que corre, el presidente ha respondido a la seguridad que para él el mayor peligro es el del aislamiento. ¿Miedo de qué? Me gusta esto. "Tengo miedo del aislamiento", ha dicho el presidente, que adora el cuerpo a cuerpo con el pueblo llano que lo aclama como si de un Mesías se tratase.
El presidente ha confesado a sus asesores que seguirá manteniendo el contacto físico con el pueblo porque no quiere sentir la soledad de los palacios, un mal que afecta a la mayoría de los inquilinos que han pasado por ellos, incluido su predecesor Fernando Henrique Cardoso.
Para su próximo viaje a Europa, Lula ha decidido romper con la tradición y viajar en vuelo comercial junto con la veintena de personas que lo acompañarán porque resulta más barato. Esta decisión supone un nuevo quebradero de cabeza para sus guardaespaldas, quienes ya protestaron al respecto.
La ruptura del protocolo es normal en el gobierno Lula, pero el que se lleva la palma es su ministro de Cultura, el cantante Gilberto Gil, que alterna siempre que puede su cargo con su profesión y pasión de músico.
Gil, que desde que es ministro no abandona los trajes de raya diplomática y corbata, se lanzó al palco después de hacer de maestro de ceremonias en la toma de posesión de sus secretarios y asesores -antropólogos, poetas, actores y gente del cine-, y guitarra en mano cantó para deleite de la numerosa asistencia varios de sus mejores temas.