A Zhang se le acaba el tiempo. Tiene 76 años y lleva 25 luchando por no olvidar el día en el que un militar acabó con la vida de su hijo, un estudiante de 19 años, de un balazo en la cabeza. Ella tardó más de una semana en enterarse, pero desde entonces no ha pasado ni un solo día sin buscar justicia.
Si puedo vivir 15 años más, quizá pueda ver una investigación sobre lo que ocurrió. Zhang Xianling aún guarda esperanza, y fuerzas. Aquellas que sacó cuando fundó la agrupación Madres de Tiananmen, junto a otra madre coraje, Ding Zilin, quien también perdió a su hijo en las protestas que acabaron en cientos o miles de muertes la noche del 3 al 4 de junio de 1989.
La organización, que agrupa a más de un centenar de familiares de víctimas, nació pocos meses después de ese horror: la sangrienta matanza en Pekín de estudiantes y trabajadores de toda índole a manos del Ejército, que desplegó sus tanques y cargó sus escopetas contra sus propios conciudadanos.
Esa fue la respuesta del régimen a casi siete semanas de manifestaciones pacíficas, en las que se pedía al Ejecutivo que abrazara la democracia y que atajara la arraigada corrupción.
Un cuarto de siglo después, no se sabe quién dio la orden a las fuerzas armadas ni tampoco el número exacto de fallecidos. Tampoco ha habido un perdón: la masacre se silenció con represión. La misma que sufre cualquier persona que se atreva a recordar este oscuro capítulo de la historia de China.