El adolescente Romel Miñoza no reconocería a su madre, si se la cruzara por la calle. Está a cargo de su abuela desde que su progenitora emigró a Arabia Saudí, cuando él tenía dos años.
Romel es uno de los diez millones de menores filipinos criados a miles de kilómetros de sus padres: la generación que quedó atrás.
Miñoza tiene 14 años, va impecablemente vestido con la ropa que le llega desde Oriente Medio y es un estudiante ejemplar. Pero una timidez enfermiza y el hecho de que se eche a llorar en cuanto se nombra a su madre le distinguen de los alegres niños que pueblan las calles del extrarradio de la capital.
Su madre, sin embargo, se consuela de su soledad de emigrante al pensar que ha logrado ofrecerle una vida mejor. "Me marché para dar una educación a mi hijo y ayudar a mis padres", explica esta mujer que no puede permitirse más que una llamada a casa al mes.
Ana Riza Miñoza envía a su madre entre 150 dólares de los 307 que cobra como doméstica.