Alemania entró en un compás de espera complejo, a escala interna y para sus socios de la Unión Europea (UE), tras una victoria electoral de la canciller Ángela Merkel que, pese a ser amplia, la aboca a la búsqueda de un gobierno estable que podría ser prolongada.
La desaparición del Partido Liberal (FDP) de la representación parlamentaria supone para la Unión de Merkel algo más que tener que renunciar a un socio que, aunque no siempre fue fiable, sí era al menos acomodaticio, y había tenido escaños en el Bundestag (cámara baja) desde 1949.
El Parlamento pasará a tener cuatro grupos parlamentarios -conservador, socialdemócrata, La Izquierda y Verdes-, de los cinco que tuvo en los últimos 20 años, lo que reduce el arco de posibles integrantes.
Merkel dejó claro que no quiere gobernar en minoría, en un país donde se han buscado siempre mayorías estables y donde incluso Konrad Adenauer invitó a participar en su gobierno a un aliado -Partido Alemán- tras lograr el 50.2% de los votos en 1957.
Desde la recta final de la campaña ya se daba como alternativa más viable a la actual alianza con los liberales una reedición de la gran coalición de la primera legislatura de Merkel.
Como segunda opción, pese a las diferencias programáticas, se barajaba una innovadora alianza con los Verdes, apuntalada en la capacidad camaleónica de Merkel de adaptarse a todas las situaciones con tal de lograr sus objetivos -en este caso, formar gobierno-.