Su contextura pequeña se ajusta a los socavones mineros, sus dedos diminutos manipulan dinamita para fabricar petardos, su fragilidad natural los vuelve más dóciles para tareas domésticas. En América Latina y el Caribe, 17.4 millones de niños trabajan.
Cuando por milagro cobran un salario, los niños reciben hasta 80% menos que los adultos, realizan tareas peligrosas en ausencia de condiciones de seguridad y con frecuencia cumplen jornadas de 12 horas.
Los convenios internacionales condenan la actividad laboral de niños menores de 15 años cuando la tarea amenaza su salud, moralidad o su escolaridad. Pero no todo trabajo infantil es ilegal.
Los textos de la ONU y de la Organización Internacional del Trabajo toleran que en los países pobres los niños entre 12 y 14 trabajen.
En el púdico lenguaje de las convenciones, la explotación sexual de la niñez también forma parte del universo del "trabajo" infantil, aunque admiten que se trata de "una de sus formas más aberrantes". Incluso la esclavitud, el tráfico, la servidumbre por deudas, el reclutamiento forzoso en conflictos armados, la pornografía y el narcotráfico son cuentas del mismo rosario.
Ese panorama no muestra la magnitud que tiene el drama del trabajo infantil en el mundo y particularmente en el continente.