- 3 años han subido las estadísticas de niños centroamericanos que emigran a Estados Unidos.
Gilberto Ramos dejó su frío y remoto pueblo montañoso para viajar a Estados Unidos, a fin de trabajar y ganar dinero y así pagar un tratamiento contra la epilepsia que padece su madre.
Ella le rogó que no se fuera. “Mi hijo me decía que se iba para ayudarme a curar mi enfermedad, pero yo le decía no te vas hijo”, dijo Cipriana Juárez Díaz entre lágrimas en una entrevista con The Associated Press. “Yo no quería que se fuera porque con él tenía yo consuelo”.

Como no logró convencerlo, le colocó un rosario blanco que le garantizara un viaje seguro a través de la frontera.
Un mes más tarde, su cuerpo en descomposición fue encontrado en el desierto de Texas. El niño ahora se ha convertido en un símbolo de los peligros que enfrentan un éxodo de menores solos que cruzan la frontera ilegalmente con Estados Unidos provenientes de Centroamérica.

Las autoridades dijeron que Gilberto, de 11 años, es uno de los infantes más pequeños que murió cruzando ese desierto. Pero sus padres dijeron que Gilberto tenía 15 años.
Explicaron que les había tomado varios años hacer el trámite del registro de su nacimiento debido a que viven en una remota aldea en las montañas del norte de Guatemala. Cuando lo hicieron, se olvidaron de la fecha de nacimiento de Gilberto así que lo registraron con el día en que nació su hermano menor.
“Era un buen hijo”, dijo Juárez. “Que Diosito me dé valor para poder soportar cuando él venga (el cadáver sea repatriado)”.
El cuerpo del muchacho fue encontrado sin camisa. Probablemente murió de insolación, pero aún conservaba el rosario que su madre le había dado.
Durante décadas, los adolescentes que van en busca de trabajo a Estados Unidos constituyen buena parte de la población de hombres jóvenes que salen de América Central escapando de la pobreza y la violencia de las pandillas. Pero la cantidad de niños inmigrantes que viajan sin compañía y cruzan la peligrosa frontera ha visto un aumento en los últimos tres años.
Un aumento que se explica por el rumor que los inmigrantes han escuchado de manera insistente: que los niños que viajan solos o lo hacen con sus padres son liberados por las autoridades fronterizas estadounidenses para darles una citación con el fin de comparecer a una corte de inmigración. Luego son liberados. En su aldea, Gilberto escuchó el rumor y pensó que si lograba cruzar la línea fronteriza se podía quedar en Estados Unidos, dijo su familia.
Ramos nació y se crio en San José de las Flores en una modesta casa de madera y metal laminado construida en la sierra de Cuchumatanes, en la provincia de Huehuetenango, fronteriza con México.
“Él tenía que trabajar para ayudar a su familia”, dijo Francisco Hernández, unos de sus profesores, que recordó que a Gilberto le encantaba dibujar. “Por eso dejó la escuela”.
Gilberto salió rumbo al norte el 17 de mayo con una muda de ropa y una mochila dispuesto a seguir la misma ruta de su hermano: caminar por la trocha entre el barro y las pendientes hasta el centro de San José de las Flores. Luego, tomar un autobús hasta el poblado de Chiantla para reunirse con el coyote que lo iba a cruzar.
El viaje costó $5,400. La familia pidió prestado $2,600. La primera semana del viaje pagó $2,000 y otros 600 la semana antes de que Gilberto muriera. La familia aún debe ese dinero.
“Voy bien, solo deposítame el dinero”, le dijo Gilberto a su padre cuando estaba a punto de cruzar hacia Texas. Fue entonces cuando Gilberto y el coyote desaparecieron.