Los 62 kilómetros cuadrados que ocupa Manhattan reúnen un sinfín de apuestas gastronómicas llegadas de todos los rincones del mundo y para las que se han inventado numerosas maneras de degustarlas, como estirado en una cama o sobre un escenario de Broadway, y ahora destaca la de comer con una venda sobre los ojos.
En un momento en que Nueva York se interesa más que nunca en que sus habitantes sean conscientes de lo que comen y ha lanzado una campaña para que los restaurantes informen sobre las calorías que hay en sus menús, hay quien ve en cenar a oscuras la mejor manera de cerrar los ojos ante la polémica medida.
Se trata de los conocidos como "Dark Dining Projects", una serie de cenas organizadas con regularidad en diferentes restaurantes de Nueva York, en la que los asistentes no pueden ver lo que se llevan a la boca y ni siquiera saben de antemano cuál es el menú.
"Lo único que deben hacer es dejarse guiar por sus sentidos, por el gusto y el olfato, pero no por la vista", dijo Dana Salisbury, directora creativa de los "Dark Dining Projects", una apuesta que atrae a una media de 50 comensales por reunión.
Festival de sentidos.
El paladar es así el que manda, sin dejar que la apariencia de los alimentos ayude en algo en un ágape diseñado "con cariño y con el objetivo de sorprender a todos los asistentes" que, según Salisbury, quieren disfrutar del arte de comer y beber, de una manera "totalmente diferente", aunque para ello no vean ni con quién comparten la mesa.
"Después de ese momento, todo el mundo se suele relajar, se oyen risas por todas partes y empieza el disfrute de los sentidos", cuenta Salisbury, quien dice que no es muy difícil comer con los ojos totalmente vendados.
"Es un festival de los sentidos. Normalmente poca gente presta atención al papel tan importante que juegan el resto de sentidos a la hora de comer y lo placenteros que son", dice la directora de estas veladas.
"Cuando llegan por primera vez, los participantes están nerviosos, porque no saben qué les espera; pero, al cabo de cinco minutos, se relajan y parece que están en cualquier restaurante", indicó Salisbury.
La cena cuesta alrededor de 85 dólares y, pese a lo que se pueda pensar, es poca la comida que se desperdicia y pocas las manchas con las que los participantes salen del restaurante: "Todos sabemos donde tenemos la boca y, normalmente, no nos pasamos las comidas mirando al tenedor y el cuchillo para ver si los utilizamos bien", señaló Salisbury.
Para la organizadora de estos eventos, "a la gente le encanta no tener que preocuparse por su apariencia mientras disfruta de la cena".