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Niños hondureños ven una vida mejor en cancha de fútbol

Se están alejando de la violencia y se concentran en el deporte.


A primera vista, el proyecto de fútbol que Luis Pérez levantó hace un año en una maltrecha y polvorienta cancha de fútbol de una dura barriada de Tegucigalpa va bien.

Hace más de seis meses que ninguno del medio centenar de niños que entrenan con él dos horas al día, cinco días a la semana, ha sido asesinado en un país donde casi 1,000 niños han sido víctimas de homicidio este año.

Ninguno ha dejado el equipo para emigrar a Estados Unidos, donde las autoridades fronterizas han detenido más de 8,000 niños hondureños que este año viajaron en busca de reunirse con algún familiar.

Tampoco se cuentan desertados que se unieron a las pandillas callejeras que controlan sus barrios y utilizan a los niños para cobrar extorsiones, almacenar y vender drogas, e incluso asesinar.

 

Una palpable mejoría en un barrio llamado coherentemente Progreso, aunque es tan endeble que el entrenador Pérez no se anima a celebrar.

El lanzó el programa para evitar que los niños se juntaran con los adolescentes que se reunían en la cancha a fumar marihuana, inhalar pegamento industrial y reclutar a menores para hacer mandados para las pandillas.

 

Cuando la pequeña fundación Kahl, de California, se enteró de este programa que usa el fútbol para alejar a los niños de la violencia, envió dinero para ayudar a arreglar la cancha, conseguir equipamiento básico como balones, botas y camisetas, y pagar la renta de un autobús para que los niños puedan salir, de vez cuando, y jugar contra otros equipos de Tegucigalpa.

"Mi objetivo es apoyar el desarrollo de jóvenes donde además hay un individuo apasionado por la causa, que les enseñe habilidades para la vida y que les impacte positivamente a través del deporte", dijo Doug Kahl, presidente de la fundación. 

 

Ahora los niños hablan de su equipo con sus amigos de la escuela y de otros barrios, que poco a poco acuden a la cancha, convertida en una isla de paz en la capital del país con el índice de homicidios más alto del mundo.

"La cancha genera grupo, comodidad, amistad, les da pertenencia, algo que cuidar, algo que no quieren perder" dice López, a quien todos conocen como Luisito.

Y parece que los chicos malos han comenzado a retirarse desde que se levantaron graderías y una valla. Pero López sabe que no están lejos, y que puede que su influencia no vaya más allá del entrenamiento.

La violencia permea todo Tegucigalpa como si fuera un virus, y Pérez sabe que ni un entrenador de fútbol que se desplaza en silla de ruedas debido a un accidente de bicicleta es inmune a ella.

Aunque los apoyos al proyecto son bienvenidos, está nervioso. La mínima apariencia de que alguien dispone de algún recurso en Honduras puede terminar en una extorsión o en amenazas.

"El día que uno de esos muchachos decida que hay algo en este proyecto que va contra ellos, vendrá y nos dirá que se termin", dijo López.

Es algo que Maynor sabe perfectamente. Un joven de la colonia compró marihuana a crédito y no la pagó. Todos saben que en cualquier momento puede venir alguien y matarlo.

López tiene miedo de que el amenazado llegue un día a la cancha y los pandilleros que le buscan no diferencien entre él y los demás. Que rocíen la cancha a balazos. Ya ha pasado al menos dos veces este año en otras canchas de fútbol de la ciudad y han dejado una docena de muertos.

El padre de Maynor quiere evitar que esa violencia toque a su hijo y que viaje a Estados Unidos a unirse a él. Pero Maynor ha decidido quedarse con su madre, que teme los peligros del viaje al norte.

"No me iré", le dice Maynor.  "Usted me cuida a mí y yo la cuido a usted".
 


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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