Durante los últimos días, el pequeño Karim se esconde en un armario con una caja de cartón, en la que metió algunos granos de arroz, un trozo de pan, una naranja y sus juguetes, en espera de la guerra.
En su consultorio situado en el barrio de Adamya en Bagdad, el pediatra Aschraf Ahmad Kamel recibe diariamente a padres desesperados ante la profunda ansiedad de sus hijos que los escuchan hablar de una guerra inminente, les ven almacenar víveres y agua y ven por televisión a los soldados que se preparan para la guerra.
"Los síntomas más frecuentes son fiebres persistentes, falta de apetito, agresividad inhabitual e incontinencia urinaria", afirma el médico que reconoce su impotencia para atender el síndrome. Cuando la guerra se aproxima, los niños están atentos a todas las conversaciones de los padres y registran cada palabra que los confirma en sus temores.
"Hace una semana, mi marido evocó el 17 de marzo como fecha del comienzo de la invasión estadounidense y cuando mi hermano llegó a casa, mi hijo Alí contó con sus dedos antes de decirle: Nos quedan sólo cuatro días de vida", relató Hind, diplomado en informática.
Según un estudio efectuado en enero en Irak por un equipo internacional de investigadores, basado en entrevistas de 85 jóvenes de cuatro a 18 años y sobre cuestionarios contestados por 232 alumnos de entre 10 y 16 años en dos escuelas, los niños se "sienten solos frente a sus miedos".