ElBaradei, que compartió el premio con el AIEA, es el séptimo Nobel de la Paz del continente africano y el segundo egipcio que recibe ese honor, tras el presidente Anuar El Sadat.
"El premio es un tributo la persona de El Baradei y al AIEA por su trayectoria en el trabajo de desarme", dijo el presidente del Comité Nobel, Ole Danbolt Mjos al comenzar la ceremonia, en la que el premiado fue presentado como "un valiente defensor del AIEA en tiempos en que el desarme está en punto muerto".
El laureado identificó como grandes problemas "la emergencia de un mercado negro, la proliferación de armas nucleares y el estancamiento del desarme".
"Hay que tomar medidas concretas hacia el desarme" en los países que componen el club nuclear (Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, China, Rusia, India, Pakistán y Corea del Norte) y "establecer un sistema de seguridad que no se base en la disuasión nuclear", manifestó.
Recordó que "aún tenemos ocho o nueve países con armas nucleares y cerca de 27,000 cabezas nucleares sobrantes", y tras abogar nuevamente por el desarme, opinó que "un buen comienzo sería reducir el papel estratégico que se ha dado a esas armas".
"Es incomprensible que 15 años después de la Guerra Fría los líderes de las potencias nucleares, con arsenales dispuestos en máxima alarma, sólo dispongan de treinta minutos para decidir si responden a un ataque", subrayó.
ElBaradei afirmó que la amenaza a la seguridad que suponen la proliferación de armas nucleares y el terrorismo se vio agravada por la globalización y al mismo tiempo lamentó la lentitud con que discurre el trabajo del organismo internacional que dirige.
"En cuatro años hemos completado, quizás, el 50% del trabajo, que no es lo suficientemente rápido porque corremos una carrera contrarreloj", declaró, y recordó que el AIEA "tiene una autoridad limitada, con un presupuesto modesto y sin ejércitos, únicamente armada con la fuerza de sus convicciones".
Recalcó el valor sagrado de la vida humana y se mostró a favor de borrar "las armas nucleares de la conciencia colectiva" si queremos "evitar la autodestrucción", pues "las guerras no resuelven nuestras diferencias y no curan heridas, sino que las abren".
El galardonado consagró un tercio de su discurso a abordar las raíces de las guerras, sin aludir de forma explícita a los conflictos abiertos con Irán o Corea del Norte, y mencionando de pasada los atentados del 11 de septiembre de 2001 y el accidente nuclear de Chernóbil, en Ucrania.
El Nobel se refirió también a las bondades de la energía atómica, como el uso, en América Latina, de técnicas que permiten localizar acuíferos subterráneos.
"La pobreza, conflictos armados, terrorismo son amenazas sin fronteras, interrelacionadas", que no pueden resolverse "con la construcción de más muros o desarrollando armas más grandes".