En un arranque de romanticismo, una pareja británica compró los asientos de tren en el que estaban sentados cuando se conocieron.
Lo de Jonathan Roberts, de 57 años, y su esposa, Jacqueline, de 54, fue, amor a primera vista.
Un día de abril de 2006 los dos subieron al mismo tren que unía Gillingham, en el condado de Dorset (sur de Inglaterra), con la estación de Waterloo, en Londres.
El azar quiso que uno de ellos se sentara en el asiento número cinco y el otro en el número seis, del mismo vagón.
El viaje cambió sus vidas, ya que Jonathan, que pertenece a un grupo de presión política, y Jacqueline, que trabaja como fisioterapeuta, iniciaron un romance que, sólo seis meses después, acabó en boda.
Cuando la mujer se enteró de que la compañía ferroviaria, South West Trains (SWT), iba a cambiar el mobiliario de sus trenes no lo pensó ni un segundo y se puso en contacto con la encargada del almacén de la compañía, Lisa Hindley, para comprar los asientos.
La compañía no quiso cobrarles nada por los asientos, con dieciséis años de antigûedad, pero la pareja, a cambio, donó 2.000 dólares a una organización benéfica ferroviaria.