LA FRÁGIL democracia boliviana enfrentaba ayer otro de sus malos momentos después de que el presidente Carlos Mesa anunció que dimitirá antes de reprimir una ola de protestas y violencia con que, denunció, amenazan grupos radicales de derecha e izquierda.
"El día en que quieran que los muertos entierren al Presidente no lo tendrán, porque me habré ido antes", afirmó el mandatario.
La dramática alocución de Mesa se anticipó en tres horas a la vigencia de un paro general e indefinido en El Alto, la ciudad más pobre y combativa de Bolivia, contigua a La Paz, la sede del gobierno.
Grupos de alteños diseminados estratégicamente bloquearon ayer calles y avenidas de esa populosa ciudad, la autopista que la conecta con La Paz y las salidas a las principales carreteras andinas que vinculan a las dos urbes con el resto del país.
Policías dispersaron con gases lacrimógenos a manifestantes que incendiaron neumáticos e intentaron tomar control de la autopista de acceso al aeropuerto internacional de La Paz, ubicado en El Alto. Sectores empresariales, cívicos y sindicales se unieron para decretar la protesta contra el alza en el precio de los combustibles. El líder cocalero, Evo Morales dijo que Mesa no tiene capacidad para seguir gobernando.