Los Tratados de Libre Comercio (TLC), suscritos entre 2006 y 2007 durante la presidencia de George W. Bush, recibieron el sello de aprobación en ambas cámaras del Congreso, tras una jornada de elogios y diatribas sobre la liberalización comercial.
La Casa Blanca, la mayoría de los republicanos y la clase empresarial, "venden" los TLC como un antídoto a la tasa de desempleo del 9,1 % en EE.UU., argumentando que ayudarán a incrementar las exportaciones anuales en 13.000 millones de dólares y a crear 250.000 empleos.
Es allí donde buena parte de los demócratas, y los sindicatos que los respaldan, han centrado sus ataques porque creen que, lejos de ser una panacea, los TLC van a causar una mayor fuga de empleos al exterior.
"Estos acuerdos siempre tienen ganadores y perdedores, pero sería un error exagerar los beneficios o los costos. El efecto, al final, es mas político y simbólico que económico", dijo a Efe Michael Shifter, presidente del Diálogo Interamericano, un centro de estudios políticos en Washington.
Por su parte, Lori Wallach, analista del grupo Public Citizen, señaló que todo acuerdo conlleva "depósitos y retiros" y, por ejemplo, si bien aumentarán las exportaciones de EE.UU. también aumentarán "mucho más" las importaciones surcoreanas.
En esa aritmética, "lo que te queda al final es un déficit" y una pérdida de 159.000 empleos en EE.UU., advirtió.
En general, por tratarse de una relación comercial asimétrica, la proliferación de acuerdos de EE.UU. con países en vías de desarrollo tiende a beneficiar más a las multinacionales.