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Rasgan sus vestidos para proteger sus cosechas

Tras la amenaza de los pájaros granívoros, que se alimentaban de sus cultivos, los agricultores decidieron "vestir" sus mazorcas y así evitar que las aves se las comieran.


Cansados de correr detrás de los pájaros que amenazan sus cosechas, los agricultores mauritanos han decidido rasgarse literalmente las vestiduras y cubrir con éstas las mazorcas de sus campos, en un intento por evitar que las aves acaben con su medio de vida.

Desde principios de enero, cuando los granos empiezan a estar maduros y se acerca la época de siega, los campesinos recurren a familiares y amigos para recoger ropa vieja, que una vez cortada y colocada sobre las espigas pincela las parcelas con un inesperado colorido cuya eficacia está demostrada.

Antes de servirse de este método, los agricultores veían cómo con las primeras luces del alba, bandadas de pájaros granívoros se acercaban a sus cultivos para alimentarse y mermar tanto el volumen de las plantaciones como la paciencia de sus propietarios.

 

Meisara Uld Aheimed era uno de los que antes de vestir sus cosechas de cereales corría con aspavientos detrás de las aves y lanzaba gritos imitando su sonido ronco, una actividad que le impedía dedicarse a otras labores más propias del mantenimiento de los campos.

Estos terrenos están situados en las orillas del lago Aleg, a unos 260 kilómetros al sur de Nuakchot, una extensión muy fértil cuando, con la llegada del invierno, el curso del agua comienza a retirarse y deja parte de la superficie apta para la siembra, de la que se recogerán los frutos hacia mediados de marzo.

Frente al acecho de animales errantes como vacas y burros, al que se le puso remedio con alambradas metálicas, hasta hace poco no se había encontrado una solución eficaz para el merodeo de los pájaros, contra los que agricultoras como Teslem Mint Bilal, viuda de 54 años, afirma llevar "un auténtico combate".

 

La rústica pero efectiva medida de "decorar" los campos habla bien a las claras de las precarias condiciones en que los agricultores desarrollan su trabajo en un país que ocupaba el puesto 154 en el último índice de desarrollo humano del PNUD.

El volumen de las cosechas no es muy abundante y ronda los 300 kilogramos de media, pero constituye el sustento de un colectivo compuesto en su mayoría por descendientes de esclavos, generalmente analfabetos y con medios arcaicos para trabajar la tierra.

El cultivo más extendido es el mijo, puesto que con él se cocinan los dos platos fundamentales de la sociedad mauritana: Bassi y El Aich, un cuscús y un pastel, respectivamente, que se suelen acompañar con leche de vaca o de camella, así como con carne o verduras.

 

Es de eso de lo que se alimentan casi exclusivamente los trabajadores, quienes, cuando las mazorcas empiezan a madurar, se trasladan temporalmente al lado de los cultivos, alojados en tiendas.

No hay datos que midan la cifra de negocio que genera esta agricultura tradicional, pero una temporada de cosechas abundantes provoca una reducción sistemática de los precios de los productos alimenticios básicos, y la venta a buen precio de esos cereales se refleja también en una bajada de otros bienes, como la carne.

Los expertos del sector consideran, no obstante, que pese a la fertilidad de los terrenos cultivados esas tierras están infraexplotadas y podrían aumentar su rentabilidad en caso de ser trabajadas con métodos mecanizados.


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528409
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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