Sumamente reñida y profundamente divisiva, la contienda por la presidencia de Estados Unidos entra a sus últimos 100 días como un choque gigantesco en torno a puntos de vista sobre la economía, cuyo desenlace probablemente dependerá de los próximos debates, la última cifra del desempleo y las acciones frenéticas para movilizar a los electores.
Parecería una elección para todo el país, pero solo unos ocho estados decidirán quién ocupará la Casa Blanca.
Las encuestas muestran que la contienda entre el presidente Barack Obama y el aspirante republicano Mitt Romney está prácticamente pareja en varias partes del país, así como en esos estados decisivos donde los dos aspirantes y sus aliados vierten dinero en mensajes televisivos, en su mayor parte críticos del rival, con la intención de modificar opiniones y lealtades.
Los dos contrincantes intensificarán su presencia ante los votantes en las semanas venideras, a sabiendas de que una gran parte del público solo pondrá verdadera atención hasta después del Día del Trabajo, el 3 de septiembre.
En ese lapso, el electorado verá algo muy semejante a lo que ha estado ocurriendo hasta ahora: una amarga disputa en torno a en quién se puede confiar para que reactive la economía.
Obama, por ejemplo, aprovechó su mensaje sabatino por radio e internet para responsabilizar a los republicanos de un estancamiento que podría costarles a los estadounidenses un aumento de impuestos al año próximo, y además le envió un golpe a Romney sin mencionarlo por su nombre.