El secretario estadounidense de Defensa, Donald Rumsfeld, emerge como el gran vencedor de la guerra contra Irak, elogiado por aquellos que apenas dos semanas atrás ponían en duda su estrategia, y en posición de imponer su visión del Ejército del siglo XXI.
Después de haber vencido a los talibanes, al régimen de Sadam Hussein en Irak y a los expertos militares de la prensa estadounidense, hoy se lo considera uno de los jefes más poderesos que ha tenido el Pentágono en todos los tiempos.
“Rumsfeld reina después de la victoria”, titulaba The Washington Post, mientras que The New York Times estimaba que “la victoria le da una nueva estatura a Rumsfeld”. Ambos diarios le dedicaron una buena parte de sus respectivas portadas.
El cambio de tono es evidente, tras la serie de críticas recibidas por Rumsfeld, de 70 años, acusado por muchos oficiales retirados de haber querido llevar adelante una guerra “barata” a riesgo de comprometer las posibilidades de una victoria rápida frente a la resistencia que presentaron los combatientes iraquíes durante los primeros días de la guerra.
A pesar de esas críticas, Rumsfeld mantuvo el apoyo de la Casa Blanca.
“El presidente tiene una confianza absoluta en el secretario Rumsfeld y sus generales”, había señalado la Casa Blanca el 1 de abril.
Desde la caída de un estatua de Hussein en Bagdad el 9 de abril, Rumsfeld intentó darle una dimensión histórica a escenas de regocijo “que cortan la respiración”.
La guerra en Irak fue un éxito tal que le valió a Rumsfeld una ovación de pie durante su última comparecencia en el Congreso, donde no tenía demasiados amigos debido a su estilo rudo.
“Está en condiciones de imponer su visión de una máquina de guerra del siglo XXI, preparada para usar la fuerza en caso de represalia, pero también para alejar amenazas”, según The New York Times.
Para The Washington Post, que también opina que Rumsfeld está en condiciones de llevar a la práctica sus opiniones sobre una potencia militar ágil y rápida, apoyada en equipos ultrasofisticados y golpes preventivos, el secretario de Defensa “pasa por encima del establishment militar, como pocos secretarios de Defensa lo habían hecho antes”.
Sus victorias, agrega el Post, le permiten “participar más ampliamente en la definición de la política exterior de la administración Bush de lo que habitualmente” lo hacen los secretarios de Defensa.