Al noroeste de Sicilia, en plena costa jónica, se encuentra la ciudad de Taormina, la perla de la isla italiana. Con la vista puesta en el Etna y la mirada en sus transparentes aguas, un recorrido por sus calles nos invita a disfrutar de la vida y sus placeres.
Los primeros en asentarse en esta zona de la costa fueron los griegos. Desembarcaron alrededor del 734 a.C. después de la destrucción de Naxos, la primera de una serie de colonias que atrajeron grandeza cultural y prosperidad a la zona.
Pocos vestigios quedan de su paso por este área, el volcán Etna se ha encargado con su actividad de borrar el esplendor de estas ciudades de las que sólo ha respetado el teatro griego de Taormina, que fue reconstruido en tiempos de los romanos.
Tras los romanos fueron los bizantinos quienes hicieron de ella su capital y quienes lograron hacerla resurgir. Su destrucción llegó bajo el dominio de los árabes que desembarcaron en 902, aunque bajo su tutela continuó abanderando el crecimiento económico y cultural de la isla.
De aquella etapa, se conserva una de las mansiones señoriales más deslumbrantes, el palacio de Corvaja, un antiguo baluarte árabe del siglo XI que sirvió para albergar el primer Parlamento siciliano en 1410. Su estructura es normanda y la fachada almenada con ventanas de doble ojiva.
En el siglo XIII, después de la fundación de algunos conventos, resurgió una nueva ciudad, pero no sería hasta varios siglos más tarde, en el XIX, cuando tras la visita del poeta alemán Goethe toda Europa comenzara a visitarla. El escritor habló y exaltó de tal manera su belleza que la ciudad se convirtió en visita obligada de gente relacionada con la cultura y el arte. Aristócratas y banqueros como Guillermo II de Alemania o los Rothschild.
Taormina se ha convertido con el tiempo en un destino obligado de personajes populares y en escala habitual de yates y embarcaciones exclusivas. Un paseo por sus calles dice mucho del nivel de vida de sus visitantes. Tiendas de los diseñadores italianos, franceses y americanos más relevantes han tomado posición en corso Umberto I, la calle principal de la ciudad.
La calle se abre y se cierra indistintamente en Porta Messina y Porta Catania, coronada por un escudo municipal. Durante su recorrido, la terraza panorámica Sant"Agostino nos invita a asomarnos por el acantilado desde donde se contemplan las aguas transparentes del mar Jónico.
A la ciudad se accede por una carretera empinada que obliga a dejar el auto fuera de sus puertas, en unos enormes aparcamientos habilitados al efecto para autobuses y vehículos privados.
El acceso por la Porta de Catania nos lleva directamente a la Piazza del Duomo, el corazón de la ciudad, en ella se encuentra una fuente barroca central que mira a la catedral de San Nicoló y al Palazzo Comunale.
La catedral está dedicada a San Nicola y fue edificada en el siglo XIII, aunque fue retocada en los siglos posteriores. El portal principal, superado por un pequeño rosetón y flanqueado por dos ventanales ojivales, es de 1636; posee otros dos portales a izquierda y derecha.
Otra de las plazas emblemáticas es Piazza IX Aprile, donde se acogen las iglesias de San Giorgio y San Giuseppe, la Tore dell"Orologio y uno de los cafés más visitados, el Wünderbar desde donde se contemplan unas vistas excelentes.
Uno de los atractivos de la zona son las playas y acantilados de aguas translúcidas en las que sin necesidad de un gran equipo de inmersión, en un simple baño, se pueden contemplar diferentes variedades de peces a pocos metros de la orilla.
El barranco del río Alcantara es uno de los lugares más concurridos, pero la auténtica playa de Taormina está en Mazzaró, un pueblecito a los pies de la ciudad.
El ejercicio en la playa se ve recompensado en la buena mesa de los restaurantes de la ciudad.