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Tiernas avecillas… o eso

Los gobiernos paternalistas han acostumbrado a la gente a pensar que deben disfrutar de todo por su cara bonita y porque son pobrecitos. Vivimos en sociedad, así que somos libres, sí, pero menos. Y el que no quiera acatar leyes pues que se largue al monte.


Mónica Miguel Franco (Antropóloga. actriz y escritora) / Antropóloga. actriz y escritora

En este país no parecen entender que lo de la democracia es que todos tenemos derechos. Todos. No es una cosa de que algunos sí y otros no. No consiste en que yo tengo derecho porque protesto y tú no lo tienes porque eres conformista. No señores, porque los conformistas también tienen derechos.

Los que están a favor de las cosas que a nosotros no nos gustan también tienen derechos. Punto. Y uno de los derechos es a la paz y la tranquilidad. A no tener que andar esquivando cierres de calles, ni a una horda de hunos tirando piedras a las ventanillas de los carros.

Que ya he dicho muchas veces que me parece muy bien que la gente proteste, faltaría más, con lo que a mí me gusta quejarme, pero de eso, a amargarle la vida a los que no tienen nada que ver con el tema, va un mundo.

Tengo clarísimo que lo que voy a decir a continuación me va a ganar apodos y escupitajos, pero qué le vamos a hacer, si la gente quiere tener derecho a hacerme la vida de cuadritos cerrando calles, yo debería tener el derecho de decirles que me parecen muy bien las intervenciones policiales. Ya está. Ya lo dije. Y a los que no les guste, piensen que por lo menos ustedes, con dejar de leer y darle la vuelta a la hoja lo tienen solucionado. En cambio, verte atrapado en un tranque de mil pares de narices por culpa de cuatro pendejos, que te destrocen el carro a pedradas una jarca de encapuchados es mucho peor.

Dicho esto, continúo con el tema de los fueros. Esa es otra cosa que me pone los pelillos de punta. Vamos a ver si lo entiendo, vivimos todos en la misma república, hasta donde yo sé hay una única constitución, entonces ¿qué es eso de los fueros? O sea, ¿que yo esté dentro de los predios de determinada institución me da permiso para hacer lo que me dé la gana? ¡Tócate los tachines! No me vengan con la milonga de que cuando sea mi casa la que allanen no voy a pensar lo mismo. No me vengan con predicciones apocalípticas que, hasta donde yo sé, estamos en un estado democrático, ¿con defectos? Indudablemente, pero que levanten la mano los que no los tengan en sus países.

Con lo cual infórmenme de la necesidad de que grupos indígenas, o universitarios o institutores, o la madre del cordero, tengan fueros y privilegios de los cuales, el resto de los mortales en este trocito de tierra no disfrutamos…

Ese es el problema. Muchos piensan que tienen derechos, pero pocos quieren asumir los deberes que esos derechos implican. Los sucesivos gobiernos paternalistas han acostumbrado a la gente a pensar que deben disfrutar de todo por su cara bonita y porque son pobrecitos. Muchos piensan que la libertad es libertad, punto. Fíjense que no, la libertad termina donde empieza la libertad de los demás y que si queremos vivir en sociedad tenemos que aguantarnos a los otros. Así que lo de la libertad vamos a irlo dejando. Vivimos en sociedad, así que somos libres, sí, pero menos. Y el que no quiera acatar leyes pues que se largue al monte. Aún quedan unos cuantos bosques vírgenes en el mundo para compartir tiempo de calidad con los osos.

Hasta donde yo sé, la última persona libre en éste mundo fue el pirata de Espronceda: “Allá muevan feroz guerra ciegos reyes (…) que yo tengo acá por mío cuanto abarca el mar bravío a quien nadie impuso leyes”.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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