La guerra de los 100 días terminó de la peor forma. Ganaron los de siempre, los que tienen el poder suficiente para presionar al gobierno y empujarlo a tomar las decisiones que más les conviene.
Las corporaciones que gobiernan desde atrás, representando sólo el interés económico de unos cuantos.
No se trata de defender a Cristina que sin duda cometió groseros errores políticos, pero nadie puede negar que la presidenta se plantó en una lucha sin cuartel ante el enemigo más peligroso: el poder económico, que siempre decidió los destinos del país sin participar de ninguna elección.
Los representantes de “el campo” como se llaman a sí mismos los ruralistas que dirigen los grandes “pull” agropecuarios, están muy lejos de ser los campesinos que cultivan la tierra, son en realidad los terratenientes y los mega exportadores de materia prima que hoy viven su momento de gloria con el precio de la soja a casi $600 la tonelada.
En el nuevo escenario del mercado internacional, donde los alimentos y la energía ocupan el centro de la atención mundial, la carne y los granos que Argentina produce se transformaron en un negocio sumamente exitoso con espectaculares ganancias que nadie quiere perderse.
La soja se convirtió entonces en el nuevo “oro blanco” que desató la fiebre de los mega productores y llenó el país de un solo producto pensado exclusivamente para el mercado internacional, con el consecuente desequilibrio del consumo interno.
El alza de los precios de la canasta básica fue la consecuencia lógica de este desfasaje que se vio potenciado por un deficiente control tributario que jugó a favor de los grandes exportadores.
En síntesis, nada cambió, ganaron los de siempre. El pueblo debe seguir esperando.