El sureste mexicano sufre lo que algunos consideran los efectos palpables del cambio climático y otros la falta de infraestructura adecuada, lo que se ha traducido en la inundación completa de un estado, más de un millón de damnificados y un pueblo sepultado bajo una ola de lodo.
En los últimos días las tragedias se han encadenado una tras otra en el margen sur del Golfo de México, un área altamente vulnerable a las inundaciones, lo que ha tenido como efecto severas pérdidas económicas, muertes, poblaciones arrasadas y daños ambientales.
El gobierno del presidente, Felipe Calderón, culpa principalmente a los efectos del cambio climático, mientras que el gobernador del estado de Tabasco, Andrés Granier, exige al Ejecutivo nuevas obras hidráulicas y planes de ordenamiento territorial para amainar los efectos futuros de las lluvias.
Una baja presión en Guatemala, dos frentes fríos seguidos, lluvias extraordinarias de 1.200 milímetros en tres días, y un plenilunio que evitó que los ríos descargaran en el Golfo de México desataron una de las mayores contingencias ambientales en el sureste, según la gubernamental Comisión Nacional del Agua.
"Nos fueron ganando las propias circunstancias", insistió hoy el secretario de Gobernación (ministro de Interior) de México, Francisco Ramírez, en una entrevista con el canal Televisa.
El primero de estos sucesos tuvo lugar el pasado 23 de octubre, cuando 21 empleados petroleros perdieron la vida, después de que una plataforma marítima golpeó un pozo de la estatal Pemex en medio de un fuerte oleaje en el Golfo de México.
Además, el percance produjo una fuga de crudo que después de 14 días aún no ha sido controlada y vierte al mar entre 400 y 450 barriles diarios, confirmaron hoy a Efe fuentes de Pemex.
Las fuertes precipitaciones llevaron exceso de agua al estado de Tabasco, el más rico en recursos hidrológicos del país y por donde cruzan dos de los mayores ríos de México: Grijalva y Usumacinta.
Esas lluvias inundaron el 70% de Tabasco y dejaron damnificadas a más de un millón de personas después de que varios ríos se desbordaron y anegaron varias poblaciones, especialmente Villahermosa, la capital.
Durante las precipitaciones, el gobierno tuvo que descargar agua de la presa Peñitas, lo que agravó el caudal de los ríos tabasqueños en medio de las inundaciones.
Lo sucedido demuestra la necesidad urgente de nuevas obras hidráulicas, según Granier.
Las últimas víctimas son los pobladores de una aldea indígena del vecino estado de Chiapas, que quedó sepultada el domingo por una inmensa ola de agua y lodo, después de que se derrumbó un cerro sobre el río Grijalva.
El saldo de la tragedia es de una veintena de heridos y entre 16 y 28 desaparecidos, según las versiones del gobierno y de los rescatistas, respectivamente.
El investigador Alejandro Toledo, del Instituto Nacional de Ecología de México, explica en su estudio "Ríos, costas y mares" que las condiciones de los márgenes de los ríos y de los suelos, la sinuosidad de los cauces y las grandes descargas de sedimentos de las cuencas altas hacen de la planicie de Tabasco y Chiapas "un área fácilmente erosionable y sujeta a las grandes inundaciones".
Estas "consecuencias catastróficas se ven magnificadas por el crecimiento desordenado y sin ninguna planeación de cientos de comunidades rurales y por el crecimiento explosivo de las periferias urbanas en zonas de alto riesgo", critica el investigador.
En este sentido Jorge Escandón, coordinador de la campaña de clima de la organización ambientalista Greenpeace, dijo en una entrevista con Efe que las catástrofes se hubieran podido prevenir.
Por eso, pide al gobierno "reubicar a las comunidades más vulnerables", conservar las masas boscosas, administrar mejor las cuencas y fortalecer la infraestructura de las presas.
Por su parte, Jaime Albarrán, experto del Sistema Meteorológico Nacional, dijo que las lluvias de los últimos días "son abundantes pero no inusuales" en una zona reconocida por todos como "de alto riesgo".
A su juicio, la única novedad es que en esta ocasión se inundó un importante centro urbano como Villahermosa, en el que viven unas 300.000 personas.