A diario se puede apreciar en los edificios de la ciudad de Panamá cómo corre el agua insalubre por las diversos conductos de los inmuebles sin que los propietarios solucionen el problema, afectando a los peatones.
En la fotografía se observa a unas personas que esquivan la gotera al pasar por las propiedades que se ubican a un costado del edificio Poli, en la avenida Justo Arosemena.
Además de ser un espectáculo público televisado y repetido miles de veces desde entonces, con el público como actor principal, validado en sus acciones y propósitos, vestido con las galas de las acciones heroicas, la caída del muro de Berlín marcó el definitivo comienzo de una era en la que la política se legitima en el espacio abierto a la gente, que ya no es un mero destinatario-receptor de las acciones de gobierno, sino un actor-productor de la política misma.
No es que la política ahora -para que sea buena- deba estar dirigida a beneficiar al pueblo-público. Esa es una idea muy vieja. Lo que ocurre es la política se hace de cara al público, y en el siglo XXI no puede haber alguien tan ingenuo como para pensar que el público se refiere a los que están presentes cuando posas ante ellos. El público hoy es un resultado de los medios de comunicación y las tecnologías de la información. Ambos aspectos han contribuido a que haya recrudecido la versión manipulativa de la opinión pública, pero debemos tener presente su doble dimensión, pues con todos sus riesgos y limitaciones la opinión pública seguirá siendo un mecanismo de legitimación, o deslegitimación, de las autoridades políticas por el futuro previsible.
En el 2006, la opinión pública será el espacio en el que se librará la más cruenta de las batallas de la política panameña. El que cree que esto no es deseable, que recuerde los disturbios en las calles que se escenificaron a propósito de la aprobación de la ley 17. Los gobernantes no sólo tendrán que hacer las cosas bien, sino que tendrán que convencer al público de que las están haciendo bien. Intentar lo primero sin mirar a lo segundo es una torpeza. Dedicarse a lo segundo sin hacer lo primero es suicida, pues la sociedad "no gubernamental" ha mostrado que tiene los recursos para distanciarse de las posiciones oficialistas y generar una crisis de credibilidad que podría ser muy dañina para los proyectos de gobierno, que lógicamente se solapan con los del país.
La firma del TLC con Estados Unidos y la ampliación del Canal son proyectos económicos cruciales para el país; pero para que sean viables, dependen de que el Gobierno tenga una imagen pública robusta. Otra equivocación como la de la Ley 17, en la que se reemplazó la búsqueda del consenso por la propaganda, sería demasiado costosa. Si tomamos en cuenta que todo gobierno tiene su curva de aprendizaje, el de Torrijos podría estar en mejores condiciones que antes para enfrentar estos retos.