Los carros de bombero, los bates de béisbol, las travesuras y, si se quiere, la adrenalina que fluye en los encuentros de nintendo, pasaron inadvertidos en la vida de René. No hubo espacio para ello.
En su lugar, a sus 15 años, ya era parte del intrincado mundo de la hípica, al que llegó producto "de la desintegración familiar". Debió madurar muy pronto y los juegos propios de su edad, no tuvieron cabida en su infancia. Y es que en la hípica, como en cualquier empresa, es necesario forjarse un lugar. René Valderrama, lo hizo.
Se inició como ayudante de mozo de corral, poco después laboró como groom (cuidador de caballo) hasta llegar a asistente de veterinario. "Yo soñaba con ser veterinario equino", señala el muchacho, entusiasmado por lo que ya no será.
Para entonces, a pesar de las situaciones adversas y "el ambiente viciado del hipódromo", que el propio René admite que existía, su vida era normal. El día a día era dedicado a la profesión en la que se hizo a fuerza desde joven.
Pero, un repentino mareo daba visos de que algo no estaba bien, aunque René no lo supo hasta días después.
"El 15 de diciembre de 1997, (a los 17 años) me mareé, pero no perdí la visión del todo. No creía que se tratara de nada del otro mundo", narra René, mientras sus manos sudorosas se entrelazan y su cabeza se inclina levemente... "el 30 fue todo".
Su voz entrecortada parecía traicionarle durante la entrevista, pero poco a poco recobraba la entereza que su carácter ha probado frente a las duras pruebas de la vida.
"Cuando me levanté en la mañana todo estaba normal. Arreglé mis cosas para irme al trabajo y bajé al área del establo", -luego de una pausa prosigue-, "me percaté de que me encandilaba con la luz del sol, que ese día era muy fuerte".
Cada minuto de aquel día era uno menos para la vista de René. "A medida que caminaba iba viendo menos. Casi a las 7:00 de la noche ya no veía nada...sólo luces".
Al día siguiente René se dirigió a urgencias de la Caja de Seguro Social y aunque la cita fue programada casi dos meses después, obtuvo por otros medios que se le atendiera el 8 de enero en el Hospital Santo Tomás.
René fue hospitalizado por tres meses, tiempo durante el cual, según narró, no le fue diagnosticado nada concreto, sólo se le advirtió "que seguramente no volvería a ver". Poco después una luz esperanzadora abrigó la vida del joven. Sería intervenido.
Volvió a ver, sin embargo, la felicidad duró poco y sus ojos se apagaron nuevamente. Se le dictaminó entonces un desprendimiento de retina. "Yo hasta pensé en suicidarme", recuerda René, sin embargo, reconoce que sólo fue parte de su desesperación, "pero no la solución a mi problema". La historia se repitió después, en una segunda operación, con la que sólo alivió momentáneamente el crudo dolor que lo embargaba.
A pesar de los sinsabores que había experimentado el joven, a su lado caminaba, muy de cerca desde aquellos desoladores años en que perdió la vista, Fernando, "mi único amigo", como él mismo lo describe.
Durante la entrevista con El Panamá América quedó claro que la amistad es lo único que ni la tragedia ni las malas pasadas, logran derrumbar. Así lo entiende Fernando y mejor aún, así lo siente René.
"Me hice su amigo porque me di cuenta que no tenía buenas amistades. Estaba rodeado de malas personas y supe que debía ayudarlo", nos dijo "Nando" y sus ojos recobran de momento el brillo que habían perdido minutos antes, cuando René narraba su desventura.
Nando ha dedicado cada minuto de los últimos años a alentar a su amigo, a darle ánimos, "a ayudarlo a vivir" y lo ha logrado. Sin embargo, a pesar de que lo peor parece haber pasado, un sentimiento de impotencia embargó la tarde de la entrevista a Fernando, haciéndolo llorar amargamente al saber que "aunque quiero, no puedo".
Aunque al principio René prefirió sumirse en la soledad, poco después comprendió que no podría solo con esa pesada carga, por lo que desde entonces procuró contar con Nando para todo.
"El (René) intentaba esquivarme pero el lobo pierde el pelo, pero no el olfato"... "y yo sabía que algo andaba mal. Yo le había insistido mucho para que se atendiera, pero no lo hizo", expresa Nando y las lágrimas seguían corriendo presurosas por su rostro, pero con cautela para que aquel llanto no fuera escuchado por René.
Desde el primer momento que Nando fue informado de la situación de su amigo, agotó hasta el último recurso. "Lo único que me importaba era que volviera a ver". Es así como nació el "Plan de Esperanza para René".
Allí detalló, aquel 9 de julio de 1998, todo lo que requeriría. Desde un padrino económico hasta los diagnósticos y ayuda social. Curiosamente, en uno de sus puntos, el plan rezaba: "sacarlo de la depresión, la vergüenza y el miedo".
En adelante ambos probaron todas las formas posibles para obtener el dinero necesario para nuevas operaciones y tratamientos que le devolvieran la luz a sus ojos. Fernando estaba convencido de que René no recibió la atención médica debida durante las intervenciones, "hubo muchas situaciones irregulares, aunque los médicos no lo llaman negligencia".
Para Fernando "la medicina pasó de ser una alternativa para la salud, a convertirse en un negocio", pero a pesar de ello, no perdió las esperanzas. Siguió insistiendo en todo aquello que significara una razón de lucha para su amigo.
Precisamente esa tenacidad los llevó a obtener una tercera operación, esta vez gratuita, y poco después una cuarta que debían costearse. Pero, ante la carencia de tratamientos posteriores por falta de dinero, las cosas no fueron bien y en la actualidad René, de 22 años, sigue ciego. 222A los 16 años se destacó por su responsabilidad como anestesiólogo.
Fernando, elocuente y de mirada certera, emprendió un "Plan B" para responder a las necesidades del joven al que convirtió en su hermano. En unas 220 páginas de un libro, Nando recoge todos los momentos de esta gran aventura a la que se lanzó sólo por amistad.
"La valentía de René", como lo titula, "hará comprender a la gente por qué he hecho todo esto por René". Y compartimos este criterio, porque el ejemplar que nos permitió leer es una suma de la más humana historia que una persona sea capaz de argumentar por otra. Y es que como él mismo escribe entre líneas "cuando esto finalice creo que habré hecho por ti, amigo, lo que me hubiese gustado que alguien hiciera por mí".
La obra es digna del amparo de una casa editorial, pero tristemente aún Fernando no ha recibido tan grata noticia. Hoy René, estudiante del Patronato Luz del Ciego, donde aprendió el sistema de escritura Braile y de un programa de la Universidad de Panamá para concluir sus estudios secundarios, está solo, en su improvisada casa de zinc que parece a punto de sucumbir a los fuertes vientos.
Su más profundo deseo es trabajar; lograr el sustento económico que le augure mejores días. En ese intento no ha perdido un minuto y hace semanas llevó su hoja de vida a la Caja de Seguro Social, por su experiencia en el revelado de Rayos X, labor aprendida en sus días en el hipódromo como asistente de veterinario. Pero, aún no ha sido llamado. Y aunque la batalla contra la soledad es agobiante, de seguro Fernando estará allí para hacer la carga más llevadera.