El presidente de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa (APEDE), John Bennet, pidió al Gobierno que tome acciones para ejecutar las leyes que el país necesita con el fin de mejorar la situación social y económica, ahora que controla la Asamblea Legislativa.
Hasta el momento, dijo Bennet, ha habido demasiada falta de decisión en las acciones que tienen que emanar de lo que se conversa en los diálogos nacionales, compuestos por los diferentes sectores de la sociedad panameña para debatir los grandes temas nacionales.
"El propósito del diálogo no es nada más hablar por hablar, es hablar para llegar a un entendimiento de cuáles son los problemas reales para implementar soluciones", afirmó.
Añadió que si en algún momento llegase a ser obvio que el diálogo no es productivo, entonces habría que reevaluar seguir participando en el mismo.
"Por el momento estamos en los diálogos, pensando en que es productivo, pero vamos a estar atentos para que éste pase de ser meramente palabras a los hechos", recalcó. Señaló que ahora no debe haber ningún tipo de excusa para no tomar decisiones, ya que el Gobierno tiene mayoría en la Asamblea Legislativa.
Khaled reveló: «Después de la shura enviamos al menos cuatro unidades de reconocimiento a Estados Unidos, por parejas o solos, a lo largo de cinco o seis meses».
También poco después de la shura, Atta partió con rumbo a Alemania, donde, para evitar que lo interrogaran con respecto a los visados paquistaníes de su pasaporte, declaró que se lo habían robado. También declararon que les habían robado el pasaporte dos de los otros jóvenes que asistieron a la shura: Marwan al Shehí, que más adelante pilotaría el vuelo 175 de United Airlines, que se estrelló contra la Torre Sur del World Trade Center, y Ziad Yarra, piloto del vuelo 93 de la UA, que se estrelló en Pensilvania.
La siguiente etapa consistió en adquirir nociones básicas de pilotaje. En el verano de 2000, Atta entró en Estados Unidos y empezó a tomar lecciones de vuelo en Venice (Florida), junto con Al Shehí. Yarra estaba en otra escuela de aviación cercana. Hanyur, que ya contaba con formación como piloto, hacía un curso de perfeccionamiento en Arizona.
Ramzi dijo que se había decidido que fueran a distintas escuelas de vuelo. Debían mantener el menor contacto posible. Sé por otras fuentes que Yarra, un libanés de pasado más hedonista que los otros, siempre se mantenía alejado de ellos, tanto en Alemania como en Estados Unidos.
En la primavera de 2001, el equipo ejecutor, mayoritariamente saudí, estaba entrenándose en Afganistán. «Sabían que se trataba de una operación de martirio, pero no conocían los detalles», añadió Khaled.
En julio, Atta voló de Estados Unidos a Madrid, donde se reunió con Ramzi y otros miembros de Al Qaeda para ultimar detalles. En esta reunión se acordó que, aunque imperaría el espíritu del «todos para uno y uno para todos», Atta tendría plenos poderes para seleccionar los objetivos y el calendario de los ataques.
Se estableció un protocolo que permitiría a Atta mantener el contacto con sus jefes de Al Qaeda por medio de correo electrónico y charlas en directo por Internet. Atta pasó a utilizar el nombre clave de Abu Abdul Raman Al Masri (el Egipcio). Otros nombres clave tenían resonancias de héroes islámicos. El de Ziad Yarrá era Abu Tarek, una referencia al conquistador árabe de Andalucía; el de Al Shehí era Abul Qaqá, que sometió a Persia al islam.
Ramzi hablaba con mucho afecto del «hermano Abu Abdul Raman», del que alababa la «genialidad», y con gran admiración del «hermano Abul Qaqá», que mucho antes de saber de la operación «tenía hermosas visiones en las que surcaba el cielo en grandes pájaros verdes y se estrellaba contra cosas». «¿Qué cosas?», pregunté yo. «Simplemente, cosas», sentenció.
Sin embargo, lo que más me sorprendió, mientras me desvelaban los nombres en clave, fue que ni Khaled ni Ramzi pudieran recordar las verdaderas identidades de sus «mártires».
Khaled aportó un dato más: los objetivos también tenían asignados nombres en clave. El Pentágono era la Facultad de Bellas Artes, mientras que las Torres Gemelas, en un reflejo del odio de Atta por los rascacielos, eran la Facultad de Urbanismo.
Ramzi reveló que el objetivo del cuarto avión, que cayó en Pensilvania, era el Capitolio, el corazón de la democracia estadounidense. ¿Adivinan su nombre en clave? La Facultad de Derecho.
Durante julio y agosto, Atta y Ramzi intercambiaron mensajes de correo electrónico con contenido aparentemente inocente: los candidatos han sido admitidos o no en una u otra facultad. En realidad, Atta informaba sobre el estado de la preparación de los distintos ataques.
Ramzi rebuscó entre los archivos de su ordenador y me mostró un mensaje en la pantalla. «Este es de tres semanas antes del 11 de septiembre», dijo emocionado. Era la última ciberconversación entre Atta y Ramzi. Estaba en alemán, y se produjo en una sala de chat de Internet. Atta fingía ser un joven estadounidense que hablaba con Jenny, su novia alemana.
«El primer semestre empieza dentro de tres semanas», me traduce Ramzi. «Nada ha cambiado. Todo está bien. Hay buenas señales e ideas estimulantes. Dos escuelas superiores y dos universidades. Todo marcha según el plan. Este verano seguramente será caliente. Me gustaría hablarte de algunos detalles. 19 certificados para estudios privados y cuatro exámenes. Recuerdos al profesor. Adiós».
En su lenguaje en clave, contiene la historia completa de los ataques. «Dos institutos y dos universidades»: las Torres Gemelas, el Pentágono y el Capitolio. «19 titulaciones» son 19 secuestradores, y «cuatro exámenes» son cuatro objetivos.
Lo que no decía era la fecha de los ataques. Este detalle crucial iba a llegar por un camino más intrincado.
A las tres de la madrugada del miércoles 29 de agosto, una semana después de la conversación por Internet, sonó el teléfono en el piso de la segunda planta del 54 de la Marienstrasse de Hamburgo.Ramzi Binalshibh cogió el teléfono. Le contestó una voz conocida en un dialecto egipcio: «Tengo un chiste y un rompecabezas», dijo el que llamaba. «El rompecabezas me lo ha propuesto un amigo mío, y confío en que me ayudes a resolverlo: dos bastones, un guión y un pastel con un rabo hacia abajo... ¿Qué es?».
Todavía ligeramente aturdido, Ramzi no lo captó. Sin embargo, de pronto su mente se puso en marcha. Entendió el mensaje. «Es un buen rompecabezas. Dile a tu amigo que no tiene de qué preocuparse», le aseguró a su interlocutor.
Sentado frente a mí en el suelo de una casa segura en Karachi, Ramzi echó atrás la cabeza con una sonrisa de orgullo y dijo en tono grave: «El que llamaba no era otro que el hermano Abu Abdul Raman [Atta]».
«¡Era un hombre increíble! ¡Increíble! Dios bendiga su alma y ponga el paraíso a sus pies, para que esté, inshalá, entre los Shuhadaa [mártires]».
Pero ¿de qué iba el rompecabezas? Bastones y pasteles con un guión... Yo estaba completamente perdido.
Con un extraño arranque de malicia, Ramzi me explicó: «Dos bastones es el número 11, un guión es un guión, y un pastel con un rabo hacia abajo es el número nueve. Y ése era el día D: el 11 de septiembre».
Los estadounidenses escribirían 9/11 pero en Gran Bretaña y Arabia se dice 11/9, y los números se parecen mucho en inglés y en árabe. Una de las últimas personas en saber la fecha fue el propio bin Laden, según mi primer informante misterioso, que volvió a hablar conmigo después de que finalizaran las entrevistas en Karachi.
En primer lugar, Ramzi había dado orden de evacuación a las células activas en Europa, Estados Unidos y todos los demás lugares. Cogió su maleta de recuerdos y limpió a fondo el piso de la Marienstrasse. Se aseguró de que su compañero de piso, un medio alemán medio marroquí llamado Said Bahaji, había llegado antes que él a Karachi.Por último, partió con rumbo a Pakistán.
Fue entonces cuando bin Laden, a través de un mensajero enviado por Ramzi el jueves 6 de septiembre, pudo saber que su plan a dos años visto para humillar a Estados Unidos daría frutos en sólo cinco días más.
Durante los dos días y la noche que duró mi entrevista no se me permitió salir del piso. Khaled y Ramzi permanecieron conmigo todo ese tiempo. Al final, me fui como llegué. Me vendaron los ojos, me metieron en el maletero de un coche y me llevaron directamente al aeropuerto de Qaid-i-Azam para coger mi avión de regreso a Londres.
Mientras despegaba, reflexioné sobre este extraordinario encuentro y sobre el destino de bin Laden. Antes de reunirme con Khaled y Ramzi pensaba que las posibilidades de que estuviera vivo eran del 50%.
Ahora, a pesar de que mi misterioso informante había dicho que estaba estupendamente y veía la televisión, y de que, como me dijo después de que terminaran las entrevistas, había preparado mi reunión con Khaled y Ramzi, he cambiado de parecer.
Khaled se fue un poco de la lengua al referirse a bin Laden en pasado. Pero yo también me voy dando cuenta de que empieza a haber grietas en la organización Al Qaeda.
El dato más elocuente es el hecho de que mis cintas de vídeo de las entrevistas con Khaled y Ramzi, que ellos dijeron que se quedarían durante dos semanas para ocultar sus rostros, no me fueron devueltas.
¿Por qué? A fin de cuentas, ellos habían pedido que se celebraran las entrevistas, las controlaron y querían que se emitieran. Me inclino a interpretar que algo marcha mal en las altas esferas de Al Qaeda, que hay una especie de discontinuidad. Ahora creo, más bien, que bin Laden está muerto.
¿Quién lo sucedería? Fue Ramzi Binalshibh quien me causó mayor impresión durante el encuentro. Su filosofía, incluso su vocabulario, se parecen mucho a los de bin Laden. Tiene el carisma sereno, la vitalidad y los conocimientos religiosos del shaid.
Con sólo 30 años de edad, eclipsa a su maestro con la experiencia de campo que da haber coordinado una operación sin precedentes en suelo occidental. Lo veo al frente de la organización algún día. Este es nuestro futuro Osama bin Laden.