EL aire corría libre y limpio, solo tenues hilillos del humo de una agonizante leña lo perturbaban. Así estaban los corazones de 142 jóvenes del Colegio Javier que culminaban una hermosa experiencia: un mes de Servicio Social en ocho comunidades rurales del distrito de Calobre, provincia de Veraguas.
En la capilla que levantaron, en las zonas donde convivieron, unieron sus manos y corazones con las de quienes, durante un mes, recibieron la mejor lección: quien da mucho en lo poco, da mucho en la abundancia.
Y de eso se trata precisamente el servicio social, una obra que deja huellas en las conciencias y corazones, pues la ayuda que brindan es el pretexto, lo que aprenden es la esencia.
Ixalondra Chee Chong, quien cursa el quinto año, recuerda cómo desde primaria participaba en convivencias y retiros espirituales, una de las fases de preparación para el servicio social.
Estuvo a su cargo el grupo que se estableció en Baltazar, una de las ocho comunidades rurales de Calobre, en la provincia de Veraguas.
Con la convivencia aprendió a desprenderse de las cosas. "No es solo una capilla .. la obra es un pretexto para estar allí. Es convivir. Es el otro lado de Panamá y aprender a vivir con muchos compañeros".
El contraste entre la pobreza de sus habitantes, su desprendimiento y alegría, la sorprendió y fue lo que la impulsó a buscar el porqué de esta conducta.
No entendía cómo podían vivir sin dinero, el trueque era lo que imperaba. "Sus habitantes no ven dinero en meses, -decía con asombro-. ¡Cambian arroz por maíz, así vive la gente y siempre están alegres!".
Comenta con asombro cómo todos los días, a las 4: 00 am., un señor caminaba de Baltazar hasta la Yeguada, que eran seis horas, para buscar su sustento.
Lo observaba desde el dormitorio, un salón multigrados, de una escuela primaria, mientras que el de los varones era una enramada de zinc gentilmente preparada por la comunidad.
Construimos letrinas y baños, dijo con orgullo. Al principio fue duro, pero nos fuimos acostumbrando. No había luz eléctrica y el agua llegaba en la madrugada.
En medio de las estrecheces, el cariño de la comunidad les ayudó a entender la importancia del apoyo y la solidaridad.
Los estudiantes construyeron cinco capillas, tres centros de usos múltiples y reforzamiento académico de 270 niños, entre otros.
Pablo Vigil fue a Viento Arriba. El aire que se respiraba era fresco y sorprendente la solidaridad que emanaba de sus habitantes.
A diferencia de Baltazar, en Viento Frío la escuela es más grande, tiene un comedor, tres aulas, cocina, y la construcción estaba más cercana del área donde se hospedaban, y hasta el terreno era plano, muy diferente a lo que vivió Ixalondra y su grupo, admite Pablo, con una sonrisa cargada de picardía.
Al principio la timidez los invadió, pero se disipó en la segunda semana. En las tardes, jugaban con miembros de la comunidad. Trabajaron duro para que pudiéramos conocer el lugar.
"Caminaban tres horas para llegar al centro de Calobre y siempre estaban alegres".
Pablo aprendió a pensar en lo que era favorable para los 18 estudiantes que estaban a su cargo. Durante los 28 días organizó las funciones por parejas sin que éstas coincidieran. Llevó cuatro láminas y en los ratos libres armaba los horarios.
Cada día estaba organizado, desde el desayuno, hasta la limpieza de las letrinas, asegura Vigil.
Para Ysatis Soto, quien estuvo en Barrero, tanto sus padres como amigos dan fe de los cambios.
Hay un intercambio de experiencias y se aprenden otras realidades. Además se reafirman conductas y hábitos. La puntualidad es uno de ellos.
El día de la partida, la prueba de fuego fue la puntualidad, pues quienes llegaron a las 6: 01 a.m., tuvieron que ir tras el bus hasta Aguadulce.
Al final del servicio, los padres asisten a un día familiar. Se relacionan con los moradores de las comunidades y colaboran con donaciones.
"Hay estudiantes que nunca han visto una letrina", comenta el padre Fidel Sancho, rector del Colegio Javier, quien cada año comparte la experiencia con los alumnos, sus padres, personal docente y las comunidades.
La escuela organiza el servicio de correspondencia para que los padres se comuniquen por cartas con sus hijos. "Es hermoso. La relación y comunicación que se da a través de las cartas es enriquecedora", refuerza la relación padre-hijo y con la sociedad, afirma.
Fe, alegría y solidaridad se marcó en los corazones de los 142 estudiantes, 23 profesores y en los del equipo de logística y apoyo de la convivencia, al culminar la experiencia.
Ixalondra Chee Chong: Son personas muy desprendidas. El día que llegaron nuestros padres donaron sus gallinas para hacer una comida de bienvenida. Luego tuvimos una misa y fue en la capilla que construimos. Fue un día familiar inolvidable.
Pablo Vigil: Aprendí a valorar lo que tengo, que no siempre hay que exigir y hay que adaptarse a la forma de vida que tenganos. Allá, las personas no tenían e iban a ayudarnos, nos llevaban leña, naranjas y se preocupaban por nosotros. Nos daban su tiempo y compartían lo poco que tenían.
Padre Fidel Sancho: Es un compromiso de doble vía, de los estudiantes con la comunidad y viceversa. Este año fue un grupo excelente. Es un proyecto que da vida. La escuela da los materiales de construcción, organiza las logísticas de los jóvenes su transporte y seguridad.
Aprendizajes de un servicio
Este programa juvenil, con el apoyo de la empresa privada, construye desde aulas, capillas hasta acueductos.