Washington.- Con gran tristeza y mucha desilusión, pero no con sed de venganza, dejé la capital argentina el jueves en una fría mañana de invierno después de que su selección fue eliminada de la Copa Mundial de Fútbol. Millares de argentinos habían quedado reunidos con familiares y amistades, a pesar que el partido recién comenzaba a las 3:30 de la madrugada hora local, esperanzados en que una victoria en el favorito de los deportes sudamericanos también levantaría el espíritu de una nación castigada por la peor crisis económica y social de las últimas décadas.
Tras la derrota con Inglaterra, todos habían puesto sus esperanzas en el partido contra Suecia. Se sentaron en las mismas posiciones en sus casas, o asistieron al café de siempre. Cuando el árbitro tocó el silbato final, nadie podía creer lo que pasaba: Argentina quedó fuera del mundial. Estupor y caras largas. "No puede ser. Es una aberración. Es increíble. No es justo", decía un taxista que no soportaba la "bronca" que traía encima.
Pero a diferencia de la juventud rusa que cuando su equipo perdió frente a Japón desató su ira con una ola de violencia y destrucción por las calles de Moscú, dejando centenares de heridos y detenidos, los argentinos parecían estar demasiado resignados hasta para ventilar su frustración con actos físicos.
Después del estupor vienen poco a poco las reflexiones. Si hubieran tenido más suerte. Si la derrota fue injusta. Si el técnico equivocó la estrategia. Pero nada consuela a los argentinos que llegaron con grandes esperanzas al Mundial. "Ya no sirve de nada. Me hubiera podido parar el reloj. Pero ya ¿de qué sirve pensar en eso?", dice el portero del Hotel Lancaster. El ambiente en el café de la esquina de Florida y Paraguay es igual de sombrío. Caras largas leen los diarios con desinterés. Nadie quiere hablar del partido, de lo que no fue. Hasta el capitán del vuelo nocturno a Miami de la American Airlines se salvó de ser linchado por los pasajeros argentinos por no haber anunciado el resultado por el altoparlante. Nadie sabe a ciencia cierta si por ser "gringo" se le pasó o si prefirió no añadir algo al ya herido orgullo argentino.
"Nos sale todo mal, porque tenemos mala suerte, estamos pasando una mala racha", indicó la mayoría de los entrevistados en una encuesta hecha por el matutino Clarín.
Fueron los que relacionaron la realidad del país con lo deportivo, los que pusieron los sentimientos por delante de todo, en general hombres menores de 35 años. Los que soñaron con que si Pablito Aimar embocaba un gol, también se le podía ganar a la recesión.
"Somos mediocres a todo nivel", siguieron las amargas respuestas en esa misma línea. "Los dirigentes son ineficientes", señaló un buen porcentaje, como si sintiera que el técnico Marcelo Bielsa está al mismo nivel de los políticos.