Con el pasar del tiempo las instalaciones de talleres se han convertido en un problema para las áreas residenciales, ya que se imposibilita distinguir dónde terminan éstas y dónde empiezan los negocios, que en ocasiones son clandestinos.
Esta situación se registra en la comunidad de Panamá Viejo, donde los residentes dijeron estar cansados de tener que convivir con el olor a grasa, pintura y el ruido de los martillos y taladros.
Elvia Gónzalez ha vivido toda su vida en Calle 5ta. de Panamá Viejo, avenida que se encuentra rodeada de talleres.
Esta experiencia la lleva a asegurar que los talleres que se dedican al trabajo de la chapistería la perjudican porque son insoportables los olores que causan los materiales utilizados para pintar un automóvil.
A pesar de las multas que las autoridades, entre estas corregidurías, puestos policiales y la Alcaldía de Panamá, imponen, cada día aumenta el número de talleres improvisados abiertos por personas que buscan llevar el sustento a su hogar.
Marcial Rodríguez es un ciudadano de la tercera edad que también habita en Panamá Viejo, específicamente en el sector de la calle Pedro Darío, donde se repite la situación.
"Resulta algo molesto vivir cerca de un taller, ya sea de ebanistería o de chapistería", se quejó Rodríguez, quien dijo no oponerse a que se instalen estos talleres, sino que deberían regularse las horas en que laboran porque en muchas ocasiones trabajan hasta altas horas de la noche.
"Esto nos lleva a una batalla contra el ruido y los olores de pintura para poder conciliar el sueño", indicó Rodríguez.
"Muchas veces pasa que alguien está reparando su carro en la esquina de su casa y de la noche a la mañana queda con un taller improvisado arreglando mil y un cosas", señaló, Juan García, director de Asesoría Legal de la Alcaldía de Panamá.
Detalló que de esta forma es como se crea el problema con los talleres improvisados. No es que haya un descontrol.
Por ello, indicó, que se están tomando las medidas para hacer las citaciones e incluso aplicarles las multas correspondientes, porque estas actividades generan faltas administrativas como son el problema de la limpieza, de la acera, de las calles.
Normalmente, quienes improvisan un taller tiran en los desagües aceite, lubricantes y desperdicios que también afectan al ambiente.
El funcionario explicó que este trabajo se maneja con las distintas corregidurías y han llamado la atención para que estas personas se legalicen, adquieran los permisos correspondientes, cumplan con las medidas sanitarias y en consecuencia, paguen los tributos municipales.
García señaló a Panamá América que estos talleres se rigen por normas y requisitos para obtener un permiso con el cual puedan laborar estos talleres.
Frente a las quejas de la comunidad, las autoridades aclararon que no es que ellos autoricen los permisos, sino que son talleres improvisados que no toman en cuenta el daño que causan a terceros.
Para instalar un taller, García indicó que se exige presentar la zonificación del área donde va a operar.
Esto significa que deben definirse las normas de uso de suelo buscando no perjudicar a terceros.
De no cumplirse con los requisitos, las autoridades ordenan el cierre; también se aplican multas que van desde la amonestación, hasta 100 balboas.
Estas multas también van relacionadas con el daño ambiental que causen, por lo que pueden llegar hasta 5,000 balboas.