Nación

Cerebros de genocidio están vivos


Todo comenzó con el timbre de mi teléfono. «Conozco a unas personas que podrían proporcionarle una información de alto secreto», afirmó un individuo, que acto seguido me pidió mi número personal de fax y colgó.
Alto secreto es el nombre de mi programa de televisión, un espacio de investigación de carácter mensual. El desconocido pronunció el nombre en árabe de la misma forma que yo, Sirri Lilgaya, y me sentí más tranquilo; pensé que seguramente era un espectador.
Pocos días más tarde, por mi fax empezó a salir un mensaje de tres páginas. Era un proyecto de programa para conmemorar el primer aniversario de los atentados del 11 de septiembre, que incluía ideas, posibles localizaciones y personalidades. Más tarde averigüé que procedía del miembro de Al Qaeda que había coordinado los atentados.
Mi contacto volvió a llamar y me pidió que viajara a Islamabad, la capital de Pakistán. Dos noches después recibí nuevas instrucciones: «Tome el vuelo nocturno a Karachi». Cuando llegué a la superpoblada ciudad, me instaron a dirigirme a un extraño hotel de 30 dólares la noche. Dos días después, un hombre llamó a la puerta y se presentó como el autor de las llamadas. Alto, moreno, de mediana edad, cambiaba continuamente de un dialecto del árabe a otro para ocultar su origen.
Mientras charlábamos, me dio la primera noticia: Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda, sigue vivo a pesar de lo que han afirmado muchos comentaristas. «El jeque Abú Abdalá [bin Laden], a quien Dios proteja, es un espectador habitual de su cadena de televisión», afirmó.
«¿Cómo nos ve?», pregunté para intentar averiguar la localización de su escondite. «No se preocupe, hermano Yosri. El jeque Osama está sano y salvo. Cuando se pierde algún programa, lo ve más tarde en vídeo».
Tras la visita en la habitación de mi hotel, seguí las nuevas instrucciones.
Debía salir por la puerta trasera del establecimiento y tomar un taxi.
-«Evite los taxis de los hoteles», dijo- para dirigirme a otro lugar y esperar allí, en las escaleras de un segundo piso.
Llevaba cinco minutos en aquellas escaleras cuando apareció un hombre de barba larga y poblada, con más aspecto de paquistaní que de árabe, y me dijo en inglés: «Salam Mulaikom. Acabo de dejar a mi suegra en casa. Ya podemos irnos».
Yo no sabía qué instrucciones había ni a quién iba a ver. Además, el hombre de la barba larga no era muy comunicativo, así que esperé en el tórrido y pegajoso vehículo mientras él realizaba tres visitas a una cabina telefónica. Después me dio nuevas instrucciones. Debía tomar una calesa y dirigirme a un lugar que ni siquiera ahora puedo revelar.
Empezaba a entender por qué habían elegido Karachi para la cita. Es una ciudad de 12 millones de habitantes donde el sentimiento antiestadounidense está muy extendido, de modo que cuenta con barrios seguros donde no sólo viven personas que simpatizan con Osama (a bin Laden con frecuencia lo llaman por su nombre de pila), sino también fundamentalistas que han estado en Cachemira, en Afganistán, en Chechenia y en otros puntos calientes islámicos.
Acababa de bajar de la calesa cuando me recogió un coche que estaba esperando. «¿Lahore?», preguntó el conductor. Aquélla era la clave. El chófer se presentó como Hasán y era un inteligente joven árabe que hablaba en dialecto palestino.
A unos tres kilómetros a las afueras de Karachi, Hasán se detuvo junto a un vehículo que parecía estar averiado. Sin embargo, de su interior surgió otro hombre y entre los dos me vendaron los ojos con dos anchos pedazos de algodón; me los pegaron con cinta adhesiva y los cubrieron con unas gafas de sol. El asunto se estaba poniendo serio.
Ahora llegaba el turno de que me condujera el recién llegado. A diferencia de Hasán, permaneció casi todo el tiempo en silencio. Noté que abandonábamos el campo para entrar en una zona urbana y, al cabo de un rato, llegué a la conclusión de que habíamos vuelto a algún barrio de Karachi. En los olores y en los sonidos había algo que me resultaba familiar.
El coche se detuvo y salimos al exterior. Eran personas bien entrenadas; profesionales. Mientras subíamos por las escaleras, conté cuatro pisos antes de oír el timbre de una puerta. La puerta se abrió y me introdujeron en el interior del piso.
«Ya puede abrir los ojos», dijo una voz con tono amistoso pero autoritario. Lo hice y de inmediato reconocí a mi interlocutor. A menos de un metro se encontraba el jeque Khaled Mohamed, uno de los miembros más importantes de la dirección de Al Qaeda. Incluso antes de los atentados del 11 de Septiembre, el FBI ya ofrecía cinco millones de dólares por su cabeza.
Khaled me guió por la casa, prácticamente vacía. Conté cinco habitaciones a ambos lados antes de que me invitara a entrar en una de ellas, donde me esperaba otra sorpresa. Ramzi Binalshibh, el yemení de 30 años acusado por el FBI de estar involucrado en el ataque de octubre de 2000 contra el USS Cole, se encontraba sentado en el suelo junto a tres ordenadores portátiles y cinco teléfonos móviles. Por Khaled y Ramzi se pagarían actualmente 25 millones de dólares.
Ramzi era compañero de piso de los secuestradores clave del 11 de septiembre, cuando vivían en la Marienstrasse de Hamburgo (Alemania), y lo han buscado por todo el mundo.
«¿Ya nos ha reconocido?», bromeó Khaled, mientras Ramzi estrechaba mi mano con afecto. «Nos reconocerá cuando los perros de los servicios de espionaje llamen a su puerta», añadió Ramzi.
Comencé a dirigirme a ellos por el nombre de pila, tal y como es costumbre entre los árabes y, a partir de ahora, me referiré a ambos del mismo modo. Además, también es así como los conocen sus propios seguidores.
Khaled me dio instrucciones sobre la entrevista. «No hablará sobre nuestros medios de comunicación ni mencionará nuestros verdaderos nombres en clave -dijo-. Si, y sólo si, le preguntan por nuestro aspecto, dirá que tenemos el mismo que tengamos en las fotografías que le enseñen». Después me pidieron que colocara la mano derecha sobre el Corán y que lo jurara solemnemente.
Khaled me dio la impresión de ser un hombre astuto y directo. Se molestó cuando descubrió que me había llevado el móvil. Lo agarró, lo apagó, sacó la tarjeta y la batería y lo guardó todo en la habitación más distante.
Después, sin más preámbulos, Khaled fue directamente al grano y anunció algo que me dejó totalmente soprendido: «Soy el jefe del comité militar de Al Qaeda y Ramzi es el coordinador de la Operación Martes Santo».
Durante todo aquel tiempo me había estado preguntando con quién me reuniría. Pensé que tal vez con bin Laden o con su segundo en el mando, el inescrutable egipcio Ayman Al Zawahiri.
Pero ahora estaba claro. Khaled y Ramzi eran los dos responsables de la planificación del 11 de septiembre y estaban tranquilos, relajados y dispuestos a hablar. Por primera vez, los hombres que se encontraban tras los atentados de las Torres Gemelas habían decidido romper el silencio.
Rápidamente comenzaron a explicar la planificación y ejecución del Martes Santo, o de las incursiones de Manhattan y de Washington -como también las llaman- usando una antigua palabra árabe, gazwah, referida a los ataques contra enemigos del profeta.
«Alrededor de dos años y medio antes de las incursiones en Washington y Nueva York, el comité militar mantuvo una reunión en la que se decidió empezar a planificar una operación de martirio en territorio de Estados Unidos», declaró Khaled.
«Mientras debatíamos sobre los objetivos, consideramos en primer lugar la posibilidad de atacar un par de instalaciones nucleares, pero votamos en contra por miedo a que se nos fuera de las manos», continuó.
Me quedé estupefacto. Objetivos nucleares. ¿No podía ser más específico?
«En este momento no necesita saber nada más al respecto. Además, se decidió abandonar el ataque a objetivos nucleares. Por ahora», dijo.
«¿Qué quiere decir con ‘por ahora’?», pregunté.
«Por ahora, significa por ahora», respondió tajante. «Los ataques se planearon de forma que provocaran tantas muertes y tanto caos como fuera posible y para dar un duro golpe a Estados Unidos en su propio territorio».
«¿Y quién iba a llevarlo a cabo?», inquirí.
«Nunca nos han faltado mártires potenciales. De hecho, tenemos un departamento llamado Departamento de los Mártires».
«¿Sigue activo?», pregunté.
«Sí, y siempre lo estará mientras nos estemos en yihad contra los infieles y los sionistas».
Khaled añadió: «Tenemos muchos voluntarios. Nuestro problema entonces era encontrar a personas adecuadas que estuvieran familiarizadas con Occidente».
Entonces, Ramzi interrumpió la narración con una sorpresa. Se había marchado a la habitación contigua y apareció con un sucio maletín gris. Mientras lo abría, me miró.
«Sí, son mis recuerdos de Hamburgo», comentó mientras me tendía una taza de té. «Y usted es el primer desconocido que va a verlos».
Con sumo cuidado comenzó a sacar sus «recuerdos», uno a uno.En poco tiempo esparció en el suelo, frente a mí, la mayor parte del material utilizado por Mohamed Atta y por los otros secuestradores de los aviones mientras planeaban los ataques. Un flamante folleto de Boeing y varios manuales, un grueso libro de texto para aprender a pilotar, un mapa de navegación de la costa Este de Estados Unidos, libros para aprender inglés, disquetes, CD-ROM de simuladores aéreos: todo ello se encontró en el piso de Hamburgo que Ramzi compartía con Atta, y en el que el clan había realizado las reuniones iniciales para elaborar la estrategia.
«Un momento, un momento», dije mientras Ramzi iba mostrándome los recuerdos. Junto a una serie de complejas ilustraciones sobre la forma de realizar maniobras repentinas, había visto una página con párrafos subrayados y minuciosas notas manuscritas.
«Es la letra del hermano Abu Abdul Raman», dijo Ramzi, mencionando a Atta por su nombre en clave de Al Qaeda.
No se parecía mucho a la letra bastante más caligráfica que había visto en un escalofriante documento atribuido a Atta, hecho público por el FBI. Aquel documento, encontrado en el equipaje que Atta había dejado en el aeropuerto Logan de Boston, proporcionaba una guía espiritual a los secuestradores aéreos para el momento en que se acercara el punto culminante de su misión.
«Obligaos a olvidar eso que se llama mundo», decía. «Ha pasado el tiempo para la diversión y ahora nos ha llegado la hora de la verdad. Si Dios nos concede a alguno de nosotros una matanza, debéis realizarla como una ofrenda en honor de vuestro padre y vuestra madre, puesto que estáis en deuda con ellos. No discutáis entre vosotros; escuchad y obedeced».
Ramzi me explicó el motivo de la discrepancia: Atta no era el autor de estas «instrucciones y oraciones»; eran obra de Abdul Aziz al Omari, que había acompañado a Atta durante las últimas horas de su vida.
(primera entrega)


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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