Nación

Código de Etica para evitar escándalos en la Asamblea


Como un esfuerzo para tratar de evitar que los legisladores incurran en conductas públicas que puedan afectar la imagen de la Asamblea Legislativa, el legislador Elías Castillo, miembro del Partido Revolucionario Democrático (PRD), presentó un proyecto de ley para la creación de un Código de Etica.
Se establece en el código que los legisladores y legisladoras deben comportarse siempre con “honradez, transparencia, justicia, responsabilidad, mesura, discreción y seriedad”, de tal forma que puedan admitir la fiscalización más detallada de parte de los ciudadanos.
Por medio de este Código de Etica y Honor Parlamentario, se pretende regular la conducta moral de los hombres y mujeres investidos con el cargo de legislador o legisladora de la República, así como los suplentes.
Al mismo tiempo se cumple con la Ley de Transparencia que obliga a las instituciones a tener este tipo de instrumentos.
Castillo explicó que para facilitar la fiscalización de parte de la ciudadanía, la secretaría general de la Asamblea Legislativa debe publicar, semanalmente, la lista de asistencia, así como el resultado de las votaciones que se hayan registrado.
Corresponderá a la Comisión de Etica de la Asamblea Legislativa analizar el comportamiento de los legisladores y establecer las sanciones en el caso que sea necesario.
Las sanciones que se impondrán a los legisladores que violen el Código de Etica serán únicamente amonestaciones, ya sean públicas o privadas, dependiendo de la gravedad de la falta o la violación en que hayan incurrido.
Se prohíbe por medio de esta norma que los legisladores soliciten o acepten regalos, aportes en dinero, donaciones, dádivas, recompensas o beneficios de cualquier tipo por las votaciones o decisiones que tomen en ejercicio de sus funciones.
Al mismo tiempo, también está prohibido solicitar o aceptar a gobiernos extranjeros, empresas públicas o privadas, viajes, becas, hospitalidades u otras que puedan incidir en las decisiones o actuaciones.
Aunque lo cierto es que “a veces uno está en una parada y necesita pedirle a la gente que te diga cuál es la ruta del bus que llegó”, explicó con una sonrisa, antes de añadir que “una vez estaba esperando uno (bus) y cuando llegó le pregunté a una persona, que yo sabía que estaba cerca y no me respondió, así que dije en voz alta: disculpe, no sabía que aquí, además de un ciego, había un sordomudo”... y da rienda suelta a una contagiosa carcajada.
A pesar de que su filosofía de vida parece ser una excelente mezcla entre el buen humor y el coraje, para Roger, la ceguera fue en principio un “trauma muy duro” y como narró, “yo soy profesor del Centro de Rehabilitación de Ciegos y me ha tocado escuchar que algunos hasta han pensado en quitarse la vida por la desesperación”.
Su estatura nada tiene que decir de su don de gente. Nos recibió esa tarde con la sonrisa, que después supimos, llevaba siempre. En aquel escritorio de la sede de la organización estaba plasmada la huella del orden, y lo atinado de sus palabras añadía un toque esperanzador al verde intenso de su camisa.
Al calor de su intervención, Roger trajo al tapete una interrogante de grueso calibre: “¿quién sufre más, el que nace ciego o el que queda ciego en el camino, como yo?”.
Y aunque no se atrevió a juzgar en el primer caso, está seguro de que “existe una importante diferencia. Imagínese en lo de los colores. Si ahora mismo usted me dice que tiene puesto un traje rojo yo ya sé de lo que me está hablando, pero el que nació ciego... aunque en cuanto a adaptación a nosotros se nos hace más difícil”.
De una u otra forma, la particularidad en ambas circunstancias es el apoyo familiar y a Roger no le ha hecho falta. “Mi familia es muy alegre y ha sabido estar a mi lado”, justo al mencionar ese legado, se acentuó en su rostro el orgullo de ser padre de dos niños, uno de casi tres años y un bebito de apenas cinco meses.
“Somos personas comunes y corrientes que aprendemos a manejarnos”, aclara Roger, confesando que aún le es incómodo percibir la mirada de la gente “y es que eso se siente y hay quienes aún te miran raro, en lugar de preguntarte señor: ¿lo ayudo a cruzar o tomar el bus?”.
Aunque su personalidad lo ha ayudado a vencer la adversidad o en ocasiones, “a sobrellevarla”, de su mente no se ha borrado “la imagen de las nubes sobre los cerros o el florecer de los cerros después de inviernos, o el cielo; las estrellas de los campos de Chiriquí, de donde soy oriundo”, dijo en evidente tono nostálgico, pero se sobrepone al instante y agrega: “Dios sabe por qué hace las cosas y tal vez si yo viera usted no estaría aquí, frente a mí, entrevistándome”...
Es de familia humilde y se graduó de Bachiller en Letras en el Instituto América con mucho esfuerzo. Ha participado en seminarios nacionales e internacionales y sólo le hace falta la tesis para terminar su licenciatura en Administración Pública.
Justamente esa tarde Roger había terminado de dictar un curso de Matemáticas para ciegos a docentes, estudiantes y padres de familia.
Para Roger la sociedad panameña ha madurado mucho en cuanto al trato a los discapacitados, aunque “aún hay mucho por hacer”.
A su juicio, es prioridad que se escuche al discapacitado y que no se decida en su nombre, “no se deben hacer las cosas creyendo que se sabe lo que ellos quieren. Y es que es un problema mundial, se hace política educativa sin contar con el estudiante”.
René Valderrama, un joven entusiasta de 22 años, que perdió la vista a los 17 cuando se desempeñaba en algunas faenas en el intrincado mundo de la hípica y sobre quien El Panamá América publicó un reportaje recientemente, coincide con Roger.
No ha corrido la misma suerte, si sobre empleos se habla. “A los ciegos nos cierran las puertas y hasta el estómago porque no nos dan la oportunidad de trabajar para demostrar nuestras habilidades”.
Este chico, de lenguaje fluido y de personalidad imponente, ha dejado claro que no todo acaba cuando se pierde la vista. Actualmente está por terminar el tercer año de secundaria, al tiempo que recibe un curso de computadora en el Primer Ciclo Silvio Bedoya. “El único ciego soy yo, los demás son de baja visión”, informó.
Su mayor anhelo es trabajar en el revelado de placas y rayos x o alguna actividad administrativa, pues ya tiene la experiencia adquirida en el hipódromo, “porque así podría obtener el dinero para mantenerme. Y le juro: tengo muchísimas ganas de trabajar, ojalá me dieran la oportunidad de demostrar mi capacidad”.
A ese profundo deseo se unió Andrés Flores, de 24 años, que cursa el segundo año en la Universidad Tecnológica en la carrera de Técnico en Edificaciones y a quien le amputaron su brazo derecho hace cuatro años, producto de un tumor.
Lo encontramos en las oficinas de las Industrias de Buena Voluntad, entre papeles y archivos. Su brazo izquierdo parecía haber olvidado que se quedó solo. Realizaba a la perfección las labores, no había tiempo para el descanso.
“Quisiera poder demostrar que soy capaz de desempeñar un cargo administrativo, demostrar que valgo”, manifestó con tono enérgico y convincente.
A pesar de que fueron abordadas vivencias distintas, diversas discapacidades, una realidad salió a flote: “el discapacitado es un ser humano de gran capacidad”.

Primera de dos entregas
No se parecía mucho a la letra bastante más caligráfica que había visto en un escalofriante documento atribuido a Atta, hecho público por el FBI. Aquel documento, encontrado en el equipaje que Atta había dejado en el aeropuerto Logan de Boston, proporcionaba una guía espiritual a los secuestradores aéreos para el momento en que se acercara el punto culminante de su misión.
«Obligaos a olvidar eso que se llama mundo», decía. «Ha pasado el tiempo para la diversión y ahora nos ha llegado la hora de la verdad. Si Dios nos concede a alguno de nosotros una matanza, debéis realizarla como una ofrenda en honor de vuestro padre y vuestra madre, puesto que estáis en deuda con ellos. No discutáis entre vosotros; escuchad y obedeced».
Ramzi me explicó el motivo de la discrepancia: Atta no era el autor de estas «instrucciones y oraciones»; eran obra de Abdul Aziz al Omari, que había acompañado a Atta durante las últimas horas de su vida.
(primera entrega)


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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