Nicanor Lucero, un ex reo del penal de Coiba, relata que durante la dictadura militar la muerte allí era fácil de encontrar por robar un coco, tomar un guineo o simplemente si al guardia de turno no le gustaban los negros.
“Vi compañeros con heridas que requirieron hasta 15 puntadas y que fueron cosidos sin anestesia por un veterinario que atendía las reses y caballos que se criaban en los potreros de la isla”, detalló.
Los perros rastreaban a los prófugos y cuando los encontraban, se les fusilaba en el lugar y sus cuerpos se dejaban abandonados para satisfacción de los buitres.
A veces se obligaba a los reos a cavar su propia fosa.
En la isla hay un cementerio clandestino y la verdad está por descubrirse.