El niño había fallecido. Eso lo sabían quienes lo buscaban en las aguas del río Tocumen. ¿Era por eso menos angustiosa la búsqueda de su cuerpo? No para los voluntarios, bomberos y personal de SINAPROC.
Aunque no había esperanza de vida, quedaba el compromiso moral de entregar al pequeño a sus familiares para ser enterrado como Dios manda. Sabían que eso, en medio del dolor, sería al menos un consuelo para su madre, su padre, sus hermanos, abuelos y amigos.
Para eso era necesario que unas 50 personas arriesgaran la vida en el intento. Al final valió la pena.
Durante dos días y medio, desde tempranas horas de la mañana, se desarrolló la búsqueda, "peinando" el área, zambulléndose en aguas turbias, sin más defensa que un cuchillo en mano, aún sabiendo que alimañas y lagartos amenazaban con devorarlos.
Paradójicamente encontraron el cuerpo en el mismo lugar que el día anterior habían "peinado". Estaba sumergido y no lo habían visto. Después bastó introducir las manos en el agua para tocarlo.
Como el destino suele jugar malas pasadas, fue el voluntario Damián González quien lo encontró, justamente un hombre que años antes había perdido un hijo cuando se encontraba pescando en ese mismo lugar.
Aquel fatídico día, un rayo acabó con la vida de su ser más querido, pero esto sólo aumentó el carácter altruista de este voluntario que, dicho sea de paso, se mantiene siempre activo en ayudar a capacitar a miembros de su comunidad en labores de rescate.
POR ALGO TODOS QUIEREN SER BOMBEROS
Junto con González estaba el capitán de bomberos Luis Sáenz Martínez, de la Estación 12 de Tocumen.