Nación

Cuando la calle se convierte en hogar


Elpidio Moreno veía correr las horas día a día desde el ir y venir del semáforo. A sus nueve años ya conocía "el movimiento". Se levantó en la calle. Las estampitas del Divino Niño en una mano y las bolsas de plátano en la otra, "sólo para estudiar".
Es el mayor de siete hermanos y aunque la situación en su casa era "llevadera", Elpidio salió en busca de unos "realitos más". Quería ayudar a su mamá, porque el papá era Policía y no pasaba mucho tiempo con ellos.
"Yo no quería delinquir", nos dijo enérgicamente, en el mismo sitio donde transcurrieron 17 años de su vida: una de las intersecciones de la Avenida Ricardo J. Alfaro (Tumba Muerto) a la altura del Super Centro El Dorado.
"Las cosas entonces eran diferentes. Nosotros vimos crecer este sector", recuerda con nostalgia y sus compañeros, le atienden cuidadosamente. Las anécdotas son siempre la más amena historia y Elpidio, las tiene de sobra.
A sol y lluvia, sin días libres o feriados y en jornadas de más de ocho horas, Elpidio, de 29 años, ofertaba lo que estuviera a su alcance. "Vendí periódicos, plátanos, limpiaba vidrios... de todo".
Sus vivencias le llenan hoy de orgullo, porque salió adelante, pero para aquel tiempo las calamidades parecían interminables. Su vida más de una vez corrió peligro.
Y es que, unos de esos días, trabajando "casi me matan". Un carro arremetió contra Elpidio y su mejor amigo, Serapio, justo cuando llevaban al hombro unas cajas de limones para la venta. "Yo quedé en un extremo por el impacto del auto y Serapio en el otro. Lo vi morir", cuenta.
Sin embargo, estaba decidido a no darse por vencido. Luchó con todas sus fuerzas para educarse y así lo hizo. Se graduó en el Instituto Tomás Alba Edison (ITAE) de mecánico.
Elpidio, padre de familia desde los 17, tenía poco rato de haber llegado a la Tumba Muerto, en su taxi rojo. "Ahora soy taxista". Allí lo encontramos. Estaba dispuesto a contarle a El Panamá América "que los vendedores de la calle, "su gente", no son delincuentes".
Precisamente Juan, de 25 años, era uno de los espectadores. Asentaba con firmeza a cada frase de Elpidio. El vende bolsas de basura, pero ese día no sacó "ni para comer".
Las pocas monedas recolectadas apenas alcanzaron para la lata de leche de su hija recién nacida. "No quiero quedarme aquí para siempre, pero necesito sacar para el sustento diario de mi familia", argumentó, inclinando la cabeza. A nuestra llegada lucía optimista, pues tenía la esperanza de que alguien leería este reportaje y lo socorrería, "porque quiero trabajar, se lo juro".
Juan vive con su madre. Ella "se gana la vida" planchando, si es que hay que llamarle de algún modo, pues en ocasiones los ingresos semanales no superan los B/. 10.
Es un joven risueño y con desbordante sinceridad sostuvo que sólo llegó hasta cuarto grado de primaria. "Yo quería seguir, pero no había dinero y sueño con estudiar para ser alguien", dijo.
Sus palabras eran interrumpidas por el sonido ensordecedor de los carros que transitaban en ese momento, en medio del apogeo del tranque. Mientras alguno de sus compañeros tomaba la palabra, él corría a la calle a probar suerte.
Finalmente se rindió. El mal tiempo mermó la clientela y Juan, definitivamente, sólo llevaría a casa la lata de leche.
La realidad en todos los semáforos es la misma. El tiempo entre una y otra luz es corto y los vendedores deben usar su mejor arma para convencer a los clientes. "Como están las cosas es un verdadero reto", señalaron. Roberto Anria, de 32 años, recorre grandes distancias, "como caminar Portobelo", procurando anotarse otra venta.
Sudaba copiosamente, su mameluco azul, de una empresa de refrescos, casi se torcía, pero ni eso lo hacía pasar de malhumorado. No perdía oportunidad de chistar con sus amigos de peregrinaje.
Promocionaba el producto al tiempo que voceaba "maní turrón, chocolates, pastillas". Es un puesto de venta ambulante. Roberto es ya un veterano del negocio. Lo practica hace nueve años y reconoce "haber vendido de todo". Fue canillita y vendía hasta 600 periódicos al día.
Es padre de cuatro hijos, de 12, nueve, dos y seis meses y tal como indicó, "está felizmente casado y me esfuerzo mucho para llevar el pan a mi hogar".
La rutina de Roberto inicia desde las 8:00 de la mañana cuando llega al semáforo de Villa Cáceres. Parte a casa a eso de las 7:00 y por vivir en la Barriada 24 de diciembre de Tocumen, logra ver a sus niños y su esposa cerca de las 9:00 de la noche.
Trabaja con el mayor de los gustos, porque "es un oficio honrado... no estoy robando", pero últimamente la venta ha trastabillado, sobre todo en los últimos días y sólo se ha hecho B/.5 "cuando mucho y eso que a veces, en un buen día recojo hasta B/. 15".
La lluvia es su principal enemigo. "Si viera que esta semana, por los fuertes aguaceros, hemos andado por allí con la carita agachada".
Sin duda que el término adquiría notoriedad al avanzar la tarde. Luis Rodríguez, de 23 años, conocía muy bien esta realidad. A él la necesidad lo obligó.
A su edad, es ya padre de tres niños y aunque no vive con ellos, es responsable económicamente, de sus gastos. Hasta los 20 años laboró como ayudante general de construcción. Todo marchaba bastante bien hasta que quedó desempleado. Como padre no podía darse el lujo de no trabajar y un conocido le propuso vender golosinas en los semáforos. Aceptó sin titubear, sus hijos eran la principal razón.
Hoy, en su espacio de trabajo, se comparte fraternalmente. "Somos como familia", nos dice. El tiempo que dedican a la venta demanda buenas relaciones. En principio, Luis estuvo cauteloso, renuente a hablar, al cabo de unos minutos entró en confianza y coincidió con los anteriores en que "tampoco terminé los estudios, aunque tengo muchos deseos de hacerlo algún día".
Y aunque Roberto lo tildó de "fresco", porque llega a las 10:00 y "se va más temprano que yo", Luis viaja cada mañana desde Mano de Piedra con la esperanza de que "no llueva y saque algo al menos para la comida"...
Cada semáforo de las calles de la ciudad es un bazar. "De todo como en botica", nos dice un joven de 18 años que prefirió el anonimato. El, al igual que el resto, empezó muy joven.
Desde niño fue siempre "muy independiente". Su madre los atendía a costillas de los más indescriptibles "sacrificios, trabajaba muy duro por mí y mis tres hermanos", reconoce, sin embargo, al instante agrega: "pero yo necesitaba más para comprarme ropa y otras cosas".
En la bolsa que colgaba de su correa no había espacio disponible para otro estuche de celular. Todos los modelos, tamaños y accesorios. Según comentó, son esos los artículos de mayor salida, pero nuevamente el día no había sido bueno. Para las 5:00 de la tarde, desde las 8:00 de la mañana apenas había vendido uno.
La calle propicia la incredulidad. Este joven era prueba de ello. El no lograba entender porque alguien se interesó en revelar "todas las penurias" que les toca atravesar a los vendedores en los avenidas. "Está segura que esto (la entrevista) es para algo bueno?", cuestionó más de una vez.
Accedió, quizás, influenciado por algunos de sus compañeros, como Juan, a quienes el momento les fue oportuno para desahogar aquello que para el ciudadano común es ajeno.
Es un muchacho estudioso, así se describió. Culminó su sexto año y se graduó de electromecánica. Ahora espera seguir algún día la universidad. Se acercaba la noche. El tráfico era ya un caos. Los vendedores dieron por terminada. Mientras se despedían, el taxi rojo de Elpidio se abarrotaba. Una vez más, como todos los días, los llevaría de vuelta a sus casas.
Difícil y poco preciso resulta contabilizar a los vendedores ambulantes de la ciudad. Es una profesión "muy fluctuante puesto que hay quienes lo hacen los fines de semana y otros lo tienen como estilo de vida", aseguró Abraham Gotti, gerente de servicio de la Alcaldía de Panamá.
Lo anterior fue corroborado durante el recorrido de El Panamá América. Algunos de los entrevistados recién empezaban y otros se estaban reincorporando al no encontrar otra forma de ganarse la vida. Hubo quienes nos hicieron saber que sólo realizan la actividad un par de días a la semana.
No obstante, el informe de agosto del 2002 de la Encuesta Hogares de la Contraloría General de la República en su renglón de vendedores ambulantes, trabajadores de los servicios no clasificados en otro grupo, obreros y jornaleros registra un total de 234 mil 572 personas dedicadas a estos menesteres. Unos 125 mil 892 hombres y 108 mil 680 mujeres.
Para el mismo mes del año anterior la cifra total de esta categoría alcanzaba los 217 mil 503, siendo 121 mil 8 los hombres y 96 mil 495 las mujeres. Con ello se muestra un aumento en la cantidad total de cerca de 18 mil personas.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América