JAMÁS se imaginó que aquel hombre que conoció a los 18 años y con el que soñó compartir toda su vida, se convertiría posteriormente en su peor verdugo.
Así pasó con Martha, quien aún recuerda cuando conoció a Jorge. Como todos los enamorados, se envolvían en halagos y en hacerse sentir bien el uno al otro.
Tal vez, el enamoramiento le impidió ver que en el comportamiento de Jorge habían claros indicios de una persona violenta, o si lo sabía, pensó que con los años y con su ayuda, él cambiaría. Se equivocó.
A un año de casados vino el primer enfrentamiento y las palabras ofensivas. Al nacer su primer hijo la situación se complicó y las palabras se tornaron golpes.
Un día, una patada certera a su estómago, en donde se gestaba inocente su segundo hijo, le provocó un aborto. Ahora son tres hijos, dos de ellos adolescentes, que viven en carne propia el mismo escenario que ella a la edad de 19 años y quienes posiblemente seguirán repitiendo los mismos patrones de víctima o victimario, aprendidos de sus padres en una relación familiar plagada de violencia.
¿Qué llevó a Martha a aceptar ser golpeada una y otra vez y resistir ese escenario violento por muchos años? En opinión de la psicóloga y terapeuta familiar Jennie Barb, a ninguna mujer le gusta que le peguen. Aclaró que no se trata de dependencia económica del cónyuge agresor, sino que la mujer permanece en una relación de violencia por factores psicológicos.
Lo que le tocó vivir de niña la predispone a aceptar tratos abusivos, aseguró la especialista. "Si a una niña no se le trata con respeto y amabilidad, no va a sentir que merece ser respetada".
Hay otros factores que también influyen en que una mujer sea más susceptible que otras a los abusos, como lo es el tener un padre alcohólico y sufrir el abandono de éste del hogar; igualmente, los episodios traumáticos como el abuso sexual.
Barb deja bien claro que no siempre en el noviazgo se muestra el "yo" real, lo que debe poner a las mujeres en alerta a la hora de dar el paso hacia la conformación de un hogar.
Desde el inicio de una relación se pueden identificar los visos de violencia en la pareja. El hombre violento tiene un comportamiento machista y falto de equidad hacia la mujer. Es el resultado de una cultura patriarcal.
Por lo general, dice la psicóloga, descalifican a las mujeres y las ven como objetos sexuales.
Son hombres que se sienten superiores, son de los que dicen "hombre es hombre" para justificar su conducta de infidelidad y libertinaje.
Se trata de personas que exigen privilegios y que creen que los roles del hombre y de la mujer son fijos. Es decir, que la mujer es para atender al marido, cuidar los hijos, atender la casa.
Ellos deben ser atendidos, pueden salir sin ser cuestionados, son los que toman las decisiones importantes. Se olvidan de que la equidad forma parte de las parejas sanas y funcionales.
Durante el noviazgo, cuando se identifican algunos de estos elementos, lo mejor es dejar a la pareja.
Según la experta, para prevenir la violencia intrafamiliar es importante que se incluyan a los adolescentes en programas que les hagan ser conscientes de su conducta, de su responsabilidad, de sus formas de respuesta y de los signos prematuros que auguran violencia doméstica de pareja, así como proporcionarles habilidades de comunicación y de manejo de conflictos.
Es aconsejable que desde los primeros estallidos de violencia, la pareja busque ayuda profesional porque no se pueden minimizar estos acontecimientos, debido a que la violencia lleva un ciclo que posteriormente es peor.
Hay un principio elemental que los psicólogos tienen presente: "si la violencia es aprendida se puede desaprender". A través de habilidades para comunicarse y resolver problemas, es posible controlarla.
Los actos de violencia repetidos pueden llevar a la mujer a padecer de estrés post traumático, un síndrome que la perseguirá por toda la vida.
La experiencia de Barb es que la violencia doméstica produce un trauma tan severo, que es comparable al que sufren los sobrevivientes de campos de concentración o prisioneros de guerra.
La mujer que sufre de violencia vive descalificada, humillada en un ambiente totalitario de cautiverio emocional. Los constantes ataques emocionales y físicos van mermando su fuerza interior, pierde la libertad, la iniciativa y hasta los más básicos derechos inherentes al ser humano. Al final de cuentas, ella es agredida por la persona que se supone debe ser su apoyo.
El ciclo de la violencia tiene tres fases:
LA EXPLOSIÓN: Es cuando se da el estallido de violencia con insultos, gritos y golpes.
LA LUNA DE MIEL: Momentos en que el agresor pide perdón, se arrepiente, complace y promete.
ACUMULACIÓN DE TENSIÓN: En esta fase empieza a crecer la frustración, que lleva nuevamente a la etapa de explosión.
De ser amado a victimario
La violencia de cualquier tipo lesiona la autoestima.