LA RAZÓN del vuelo era asistir a un funeral en Aguadulce. Pero no llegaron nunca. Su último hálito de vida lo dieron entre unas montañas. El destino empujó al Seneca a un aterrizaje forzoso y fatal.
Desde el aire el área en la que murieron parece no ser propicia para tragarse la vida de un ser humano. Nada parecido a la espesa vegetación darienita o a las elevadas montañas de la cordillera.
Pero lo que parece no fue. Dentro del cerro y a los 3, 000 pies que volaba el bimotor, la visibilidad era escasa y el viento más fuerte.
Abajo del cerro, un típico pueblo con su iglesia y escuela, parecía distante a la tragedia, por su quietud.
Ajenos a las faenas aeronáuticas y su cobertura del hecho, Panamá América le insistía al piloto que aterrizara en algún lugar para llegar al área, pese a que sentíamos que el furioso viento quería ganarle la batalla al helicóptero.
"¡Imposible!", fue la sentencia.
Con su vista de águila, los pilotos Beitía y Edgardo Chan habían divisado, en un cerro, unos helicópteros. En segundos nos informaron que eran los de rescate. Del área donde estaban, al lugar del siniestro, había que caminar unas dos horas. Ya los rescatistas dispuestos con sogas, machetes y equipo de primeros auxilios, habían emprendido la búsqueda de los cuerpos.
Dos helicópteros del Servicio Aéreo Nacional (SAN) y uno de la Presidencia de la República lograron remontar hasta el área porque tienen cuatro palas, nos explicaron los pilotos. Pero no podían penetrar hasta la zona del desastre por la densidad de la vegetación. El aparato en el que viajábamos tiene dos palas.
La bruma, el viento o quizás una falla mecánica le ganaron la partida a un piloto con siete años de experiencia y quien vivía en El Trapichito de La Chorrera.
El capitán Ortega trabajaba en Panamá y se fue a Belice, donde laboró dos años, en una empresa con la que tenía vínculos el empresario Arango. Desde pequeño sintió pasión por remontarse a las nubes.
En agosto de este año regresó y en menos de cuatro meses perdió la vida.
En la pista habilitada por el Servicio Aéreo Nacional en Chame, encontramos a su esposa Osiris, una mujer joven con una hija de 3 años, que no tiene edad para poder recordar a su padre.
Sin saberlo, Osiris estaba vestida de luto. Se halaba los cabellos y movía una y otra vez la cabeza en sentido de negación. No aceptaba que hacía unas horas, iba en un vehículo hacia Aguadulce, para asistir al funeral y donde se reuniría con su amado.
Sintió que era extraño que por tierra hubiese llegado primero que él, y no se equivocó. El capitán se había estrellado a unos minutos de distancia.
Trémula y con las manos frías, la mujer esperaba noticias. Sentía que el mejor lugar para saber lo que pasaba, era la base regional del SAN, en Chame.
Al área llegó también el hermano del piloto, quien estaba desesperado porque no sabía por dónde andaba su padre Gerardino, a quien la fatal noticia lo sorprendió en medio de una reunión ganadera celebrada en Playa Blanca.
"Vinimos acá para reunirnos con mi papá, pero ya ha pasado mucho tiempo y es seguro que se fue a la ciudad", dijo con tono apagado.
Pasadas las 3: 00 p.m., Osiris optó por regresar vía aérea a Albrook, pues informaron que ya estaban rescatando los cuerpos y los llevarían a esa terminal aérea.
Antes, y durante el viaje a la ciudad, iba callada. Panamá América respetó su silencio.
Tan triste estaba el tiempo, que el mar cedió su azul profundo ante una niebla que parecía cubrirlo todo en un día marcado por la tragedia.
Dejan sus vidas en el cerro Peña Blanca
El cerro Peña Blanca está ubicado entre las provincias de Panamá y Coclé, y es un área de difícil acceso.