Con el despuntar del alba, los ocho carros fúnebres partieron de la ciudad capital con destino al distrito de Aguadulce. El cielo estaba claro, despejado, como si supiese que ayer se viviría una intensa jornada de aflicción y espanto.
Cientos de personas incrédulas y con el alma partida, se apostaron en la entrada de Penonomé.
Entre sollozos y aplausos, el pueblo recibió a sus coterráneos a los que el destino, la noche del sábado 15 de diciembre, les jugó una mala pasada cuando el microbús en que viajaban fue envestido por un camión recolector de basura, en la vía que conduce al puente Centenario.
Caminamos a la muerte, es cierto, pero por estos lares, lo que hiere muy hondo a los lugareños, es la manera trágica y repentina como estos hombres perdieron la vida.
“¡Ay mi Dios! porqué me lo quitaste de esa manera tan horrenda. No merecía morir así”, exclama, mientras sollozaba, la hermana del fallecido Domingo Moreno.
Llegados a su tierra natal, los cuerpos sin vida fueron llevados a sus trabajos, hogares, al Estadio Municipal (donde hicieron un homenaje) y, luego, hacia el gimnasio del Colegio Rodolfo Chiari, donde, a las 3:00 de la tarde, empezó la misa de cuerpo presente.
En cada uno de estos lugares, en cada rincón, en cada calle, los ocho caídos fueron aplaudidos, llorados y vitoreados...
No faltaron las palabras de consuelo, como la de Carlos Lee, quien manifestó su pesar. “Es doloroso. Estas son pérdidas irreparables”, señaló.
A las 4:00 p.m., los Cuerpos de Pablo Pinilla, Abel Sánchez, Domingo Moreno, Horacio González, Juan Sánchez, Eduardo Ramos, Elías Tuñón y Luis Sarmiento emprendieron el lento y devastador viaje hacia el cementerio.
Cada paso hacia el sepulcro sagrado, iba dejando una huella indeleble de angustia y dolor.
A veces, en vano, la multitud callaba, como buscando consuelo en el silencio que, a ratos, se veía interrumpido por un aluvión incontenible de llantos y lágrimas capaces de conmover hasta a las más duras de las almas.
Con el entierro de los cuerpos, en medio de una llovizna, cayó la noche, y las personas se retiraron hacia sus casas tristes, solas y vacías.