Un grupo de dominicanos preparó un sancocho para unas 15,000 personas, en busca de conseguir un puesto en el Libro de los récords Guinness.
El sancocho, un guiso a base de verduras, carnes y especias que se prepara en varios países caribeños, se realizó el pasado sábado, en el Malecón dominicano, frente al Mar Caribe, y en su preparación participaron veinte cocineros.
El evento del gigantesco sancocho, transmitido por un canal local, congregó a cientos de dominicanos que disfrutaron del plato bajo la lluvia y a ritmo de merengue.
Para la preparación del plato se utilizaron 6,000 libras de carnes de pollo, res y cerdo y 15,000 unidades de plátanos, yuca, yautía, y otros ingredientes, dijo a los periodistas Raúl Pérez Peña, organizador del acontecimiento culinario.
El sancocho se cocinó en una olla con capacidad para 15,140 litros de agua.
"Este es el sancocho más grande del mundo", aseguró Pérez Peña, quien confió en que su hazaña será reconocida por el Libro de récords Guinness.
Por su parte, el ministro de Turismo dominicano, Rafael Suberví Bonilla, quien presenció la actividad, dijo que esta iniciativa es "una promoción de la gastronomía típica dominicana".
La educación en estas áreas inaccesibles es un privilegio de pocos. Terminada la primaria inicia el dilema de los padres de si la decisión correcta será enviarlos a la secundaria.
Sin solvencia económica y con apenas lo necesario para vivir, en ocasiones no hay opción. Los muchachos se educan "hasta donde se puede", manifiesta Membache.
En los emberá - wounaán la realidad es muy similar a la de los ngöbe buglé, tal como pudo observar El Panamá América durante un reciente recorrido por la comarca en Veraguas.
Los niños parten de sus casas los fines de semana e inician solos una nueva vida. Miles de sacrificios con el único propósito de ser alguien.
En aquella ocasión el equipo periodístico conversó con jóvenes de 11, 12 y 13 años, que un viernes, retornaban a su hogar después de una semana de labores. El domingo estarían de regreso en "su casa temporal" caminando hasta ocho y nueve horas.
En Darién otro factor incide en la continuación de los estudios. Las escuelas cercanas, concluida la primaria, se ubican a más de dos horas de camino en el mejor de los casos.
Nada imposible si se dispone de un buen vehículo que confronte las adversidades de la carretera o tal vez, como sucede en la ciudad, un colegial o un carro particular. Mucho pedir para esta provincia.
Son los propios niños los que a veces optan por no seguir o por el contrario los padres no soportan que los hijos sigan asistiendo a clases con hambre, mal alimentados. Las labores agrícolas del padre son en determinado momento una salida más rápida y de ingresos económicos a corto plazo.
Los que eligen hacer la batalla, continúa Membache, deberán soportar por añadidura la carencia de textos.
Aunque el maestro precisó que por fortuna, en estos momentos cuentan con las donaciones del Programa Pro Niños de Darién y del Ministerio de Educación, de lo contrario el sentido altruista del docente sale a relucir.
"Con nuestras quincenas compramos material didáctico porque eso sí no nos lo da el Ministerio de Educación (MEDUC)", aclara.
La estructura de la escuela de Arimae está en sus peores condiciones. Goteras y paredes rajadas son la nota característica y los cuatro salones se quedaron pequeños para el número de estudiantes, describió Membache mientras los mostraba. "Ya se lo comunicamos al MEDUC para que tome las medidas".
Los indígenas de estas regiones son hombres decididos que caminan a la par de mujeres emprendedoras. Viven con lo que les provee su medio ambiente, pero reciben bien las innovadoras iniciativas que les benefician, a ellas y sus familias.
Precisamente durante nuestra visita las emberás de Arimae recibían un curso de costura impartido por profesionales del Fondo de Inversión Social (FIS).
Estaban aprendiendo a hacer parumas con máquinas de coser (vestido tradicional de la india emberá - wounaán), pantalones para los hombres y camisas.
En tanto, personal del Ministerio de la Juventud, la Niñez, la Mujer y la Familia, las adiestraba sobre la construcción de estufas.
Otros poblados indígenas, como Pueblo Nuevo, han formado parte de la iniciativa. En esa ocasión fueron unas 22 las participantes, esta vez 21, según dio a conocer la instructora Felicia Gudiño.
"Son gente con muchas ganas de aprender pero necesitan ayuda". Material y herramientas para seguir las clases, a eso se refiere.
Y mientras llegue algún día esa ayuda, Abilda, Casiana y otras mujeres del pueblo seguirán hilando felices las agujas de las máquinas para terminar los uniformes de la escuela o las camisas para los esposos, antes que caiga la noche.