Ellas están privadas de la libertad, pero sus hijos están presos en la cárcel de la soledad, la falta de atención, el desamparo, el temor y la humillación. Esto es fácilmente visible en los rostros compungidos, a veces resignados, otras, con sonrisas forzadas, de los hijos de las reclusas del Centro Femenino de Rehabilitación. Visitar ese centro cuando la hora de visita termina, es adentrarse en un submundo de dolor, dentro de otro mundo de impotencia. Los hijos que se abrazan a sus madres, las madres que no quieren soltar ese abrazo. Ese tira y hala de amor y de dolor, de lágrimas y despedida, calan hasta los huesos y dejan un amargo sabor de boca.
Sin embargo, esta es la cara "bonita" de las madres en el presidio. Ellas pueden ver a sus hijos durante las visitas, pero hay otras que tienen años de no verlos, de no saber de ellos, de no sentir ese abrazo, en otras palabras, años de no sentirse madres.