España. Siendo ya carcamal, Arnulfo Arias matrimonió con Mireya Moscoso, un pimpollo de 23 años que fue su secretaria y siempre había admirado el porte del caudillo panameño educado en Harvard, sus campanudas proclamas sociales, las arengas en defensa de los pobres irredentos, o su exacerbado nacionalismo contra el protectorado de Estados Unidos sobre el canal que cruza el tórrido país centroamericano y facilita la navegación entre el Pacífico y el Atlántico.
La desigual pareja, de 46 años de diferencia, coqueteó en Panamá y se casó discretamente en Miami, ciudad norteamericana a la que huyó Arias después de ser expulsado del Gobierno en 1968 por el cuartelazo de otro caudillo tropical, el general Omar Torrijos.
Arnulfo Arias, tres veces presidente, tres veces derrocado a la brava, fue un político impulsivo y populista, un caballero fino y galante, tildado de nazi y racista en la década de los treinta, y casi septuagenario durante sus esponsales con la joven que tres decenios después invocó su legado y su doctrina para ganar la jefatura del Estado en las elecciones del pasado 2 de mayo.
La viuda triunfante, de 52 años, recibirá el canal el próximo 31 de diciembre en lugar del joven Martín Torrijos, su derrotado adversario de los comicios, el hijo del general que negoció con el presidente Carter la devolución de la vía interoceánica y fue héroe nacional.
A buen seguro que Omar Torrijos hubiera deseado reencarnarse en un Martín victorioso durante los venideros fastos por la entrega de las esclusas y presenciar el anhelo de su vida. No podrá cumplirse ese sueño pues en la pugna de difuntos desarrollada hace dos semanas en la porción más estrecha del continente americano se impuso el enemigo.
"El fue mi universidad política", presume La señora, como la llama su gente, una mujer que conversaba horas y horas con su prominente esposo. Cuando llegaba a casa, éste se transformaba, y las pantuflas y la cháchara intrascendente con Mireya formaban parte de la rutina.
La pareja asistía del brazo a los cenáculos de Miami y gastaba con prudencia a expensas de una pensión oficial. La amargura del exilio, sin embargo, nunca les abandonó, como tampoco las maquinaciones para conseguir el regreso y retomar el poder. "El doctor Arias no la dejaba participar en política", desmiente el periodista Carlos Singares, hostil. "Cuando se hacían reuniones en el búnker de su residencia la enviaba constantemente a buscar café.
De manera que no pudo ser mucho lo que aprendió de él". La viuda y heredera, denostada por sus críticos como carente de la formación académica y cultural adecuadas para administrar un país de 2,8 millones de habitantes y de muchas carencias, conoció a su esposo en un cumpleaños, casi de niña: ella tenía 17 abriles y trabajaba en la Caja del Seguro Social y él exhibía un bigote fino y el colmillo retorcido en política y lances de recámara.
Contrariamente a las versiones frívolas y atrevidas, viejas amigas de Mireya negaron a este diario que hubiera empleado sus juveniles encantos para seducir arteramente al anciano caporal de la política panameña. Muy al contrario, aseguran. La funcionaria adolescente, huérfana de padre a los nueve años, con una prole de seis hermanos, atemperó los efusivos requerimientos y, abrumada, tardó en decidirse. Poco después pasaría a trabajar en la campaña y en las oficinas de una finca del galanteador.
El doctor Arias, viudo en los años cincuenta de una señora de alcurnia, tenorio de damas pías durante la soltería posterior al duelo, debió cortejar a Mireya todo un mes y sepultarla en rosas para lograr la primera cita, una romántica cena con la novicia secretaria, con la hija del maestro de Pedasí, una chica despierta, guapa de cara y poco más de 1,50 de estatura en un cuerpo bien proporcionado.
"Pese a ser tan joven, para su edad era muy seria", recuerda una íntima. "Pero la personalidad de él era tan fuerte que la fue cautivando". Quienes la quieren aseguran que es dulce y de carácter fuerte cuando procede, y que no se dejará manipular por camarillas. "Tiene las ideas claras y está comprometida con el pueblo". Arnulfo Arias también declaraba estarlo.
Corría el año 64 en vida del caudillo, y su personalidad arriscada había quedado tan demostrada como su enemistad con Estados Unidos y los mandos de la Guardia Nacional, entre ellos Boris Martínez y Torrijos, quien fallecería en un accidente de aviación en 1981. El 2 de enero de 1931, junto a cómplices del grupo revolucionario Acción Comunal y su hermano mayor, Arnulfo Arias encabezó a tiros un golpe de Estado, el primero de la república, contra un presidente constitucional, Florencio Harmodio Arosemena.
Admirador de los fascismos europeos en boga y de la Falange del generalísimo Franco, ganó las elecciones de 1940 y, ya en curso la II Guerra Mundial, comete el error de enfrentarse con Estados Unidos. El presidente objetó, entre otras cesiones -explica el historiador Celestino Araúz-, que los buques panameños fueran artillados para eventualmente entrar en acción contra Japón o la Alemania de Hitler. El abanderamiento patrio del panameño, la proclamada neutralidad del país, fueron tomados como solidaridad con el Eje, y le costaron el cargo. En octubre de 1941, a los pocos días del definitivo reparo bélico a fortificar la zona del canal, fue destituido en un golpe promovido por Washington.
Mireya Moscoso, bachiller en comercio gracias a un colegio de monjas, diplomada en decoración e informática durante los 10 años de exilio en Miami, no había nacido cuando el primer y efímero Gobierno del caudillo arremetía contra los más de 30.000 peones antillanos varados en Panamá después de la construcción del canal. Procedentes de la mayoría de las colonias insulares francesas o inglesas, ni ellos ni sus familias hablaban el español. Unos deambulaban al pairo por los rincones de istmo y otros se aislaron en comunidades establecidas en Bocas del Toro o Colón.
Las protestas populares contra el negro extranjero y ladrón se tornaron en aborrecimiento a partir de los años veinte, y el iracundo panameñismo de Arias y de sus pares en la causa, fecundo en un país de nacionalidad prestada, hizo el resto. La Constitución de 1941 declaró razas de inmigración prohibida a las llegadas de las Antillas y estableció el español como lengua oficial. Otros son los tiempos y no parece que Mireya Moscoso haya asumido posiciones tan proclives al radicalismo.
Se reclama depositaria de la doctrina social del Arnulfo, defenestrado nuevamente en 1951, pero nadie sabe a ciencia cierta en qué consiste el credo pues su fundador cambió de piel como las culebras. La viuda heredó la zorrería política del difunto y exhibió en campaña dotes histriónicas, tenacidad y cualidades para la maniobra contra sus adversarios en el Partido Arnulfista.
En las charlas de pareja, el desaparecido le hablaba sobre traiciones y lealtades, y justificaba con patrióticas miras los descabezamientos de quienes disputaban su autoridad. Mireya aprendió rápido. Debidamente asesorada en la contienda del pasado mayo, igual cruzaba los brazos sobre el pecho y miraba al cielo prometiendo justicia social que agachaba la cabeza en un movimiento percibido por el electorado como de contención del llanto, de íntimo compromiso con las necesidades del compatriota mendicante.
"Sé lo que es crecer en la pobreza. Sé lo que es luchar", clamaba. "Es una Evita Perón light", despreció un analista, en referencia a los balconazos de la llorada esposa del populista argentino, general Juan Domingo Perón. Una de las puestas en escena, en una plaza capitalina, fue brillante. Brazos en cruz, virtuosa en el interior de un ascensor acristalado, la candidata de los pobres se elevó lentamente 20 metros hacia la gloria, hacia el micrófono de la alta tribuna de oradores.
Allí sacó las uñas. "¡Llevo muy bien la falda , pero si hace falta sé fajarme los pantalones!". Los vítores de decenas de miles, surgidos desde el tufo de las fritangas, alcanzaron el malecón y llegaron hasta el monumento al conquistador Vasco Núñez de Balboa en la escollera de la bahía que se abre al Pacífico.
Contraria al liberalismo a ultranza sin una alternativa clara al proceso de privatizaciones y aunque rodeada por un equipo de oportunistas y gentes valiosas, queda por ver cuáles vayan a ser las ideas de Gobierno de una mujer a la sombra toda su vida adulta de un hombre casi medio siglo mayor. Al anciano debe la presidencia, los cafetales, la casa solariega y las propiedades, calculadas por fuentes periodísticas en cerca de 17 millones de dólares.
A la muerte de aquél, Mireya Moscoso se entregó a la administración de la hacienda, esto es, de la finca y cuentas bancarias. La política vino después, en 1990, a pedido de un conservadurismo arnulfista temeroso del acabamiento, arrinconado por el Partido Revolucionario Democrático (PRD), fundado por Torrijos el año del golpe y hegemónico durante 21 años.
El sociólogo Raúl Leis sostiene que la única virtud política de Mireya Moscoso es ser la viuda de Arias, a quien deslumbró la frescura de la bachiller, los pocos años e ingenuidad de su nuevo amor.
El líder la fue esculpiendo a su manera, la activó políticamente y el matrimonio perduró desde 1970 hasta la muerte del prócer en 1988, cuatro años después de que una copia mala de Torrijos, el general Manuel Antonio Noriega, le robara fraudulentamente la cuarta presidencia para dársela a un subordinado civil, el oficialista Nicolás Ardito Barletta. Fraudito Barletta le llamaron después. Noriega, entonces jefe de la Guardia y el verdadero poder en Panamá, manipuló las urnas y Barletta cantó victoria por el mágico margen de 1.313 votos."
En las elecciones del 2 de mayo asistimos a una pelea entre la cama y la cuna. Se enfrentaron la que compartió lecho con Arias y el que tuvo la suerte de nacer en una de las cunas que compró Omar Torrijos", opina Leis. No hace justicia ese criterio a los méritos de la presidenta, que asumirá en septiembre, casada en 1991 con el empresario Ricardo Gruber, divorciada cinco años después y madre de un niño adoptivo de 7 años.
La emergente viuda de América Latina guardaba luto durante la invasión norteamericana que en 1989 fulminó la satrapía de medio pelo de Noriega, presto a esconderse debajo de las sotanas del nuncio cuando de vísperas se alzaba libertador machete en mano.
Un año después de que el Rasputín de la policía torrijista fuera conducido bajo grillos a Estados Unidos, con cargos de narcotráfico, la viuda, visitante fugaz de los calabozos de la dictadura, trepó social y políticamente con determinación y consiguió levantar al Partido Arnulfista. Comisaria de la Expo en Sevilla, en abril y mayo de este año dosificaba sabiamente las visitas al panteón del caudillo, los ojos en blanco y las preces ante su sepultura, y ofreció al difunto la banda presidencial.
Nadie esperaba las agallas de esta mujer menuda, incansable y definitivamente inoculada por el virus de la política. "El doctor Arias me dijo que la política era sucia y que no me metiera en ella", había declarado en 1989 al rechazar las primeras ofertas.
La mansedumbre bovina de Guillermo Endara, escarnecen sus críticos, su perfil incoloro, sus 15 años de mayordomo en un pupitre cercano al despacho de Arnulfo Arias, habían facilitado su acceso a la presidencia (1989-1994), su investidura al amparo de los fusiles yanquis. Endara fue el comodín aceptado por las ambiciones irreconciliables de los viejos arnulfistas, convencidos de que el candidato del partido debía ser alguien cercano al muerto.
En las elecciones de 1994 le tocó a la viuda. Aunque perdió frente al perredista Ernesto Pérez Balladares, El toro, lo hizo muy bien y repitió candidatura este año. Definitivamente, la señora resultó ser menos dócil que Endara, con más nervio y temple, valiente en la tribuna, sin miedo escénico y dueña de una oratoria de cierto primitivismo conceptual pero de eficaz penetración entre las masas, siempre receptivas a la demagogia con guarnición apropiada.
Mireya Moscoso cada vez mandaba más y el arnulfismo adverso le imputó entonces intrusismo, haberse colado por la ventana. Fue acusada de tomarse atribuciones no conferidas por congreso alguno y ella presentó batalla y ganó. Aplastado, el grupo discrepante abandonó el partido y apoyó una tercera candidatura, la del banquero Alberto Vallarino, derrotado por Moscoso en la primarias del partido y en las presidenciales.
La adulación la cita cultísima y dominadora del arte de la cortesía y el protocolo, con gran capacidad de razonamiento y elocuencia verbal, favorecida por un agradable timbre de voz y una dicción clara y precisa. La adorna, juran los pelotas en su derredor, una gran seguridad en sí misma y no da nunca muestras de pánico, impaciencia, nerviosismo, excitabilidad o descontrol.
Resulta ser, además, agregan, estable en su condición de ánimo y nunca ingresa en episodios de ira o descontrol. Dialogante, asimila los triunfos sin jactancia ni veleidades y, como no tiene vicios ni adicciones y cultiva una vida sana, es ágil y resistente. La superwoman centroamericana conoce, sin embargo, sus propias limitaciones y parece que sabe delegar funciones. Y, al fin y al cabo, aventura una de sus tres hermanas, Ruby de Young, para gobernar "basta el espíritu y el deseo de servir a los demás".