Terminó la farsa del carnaval. Los que viajaron al interior seguramente regresan satisfechos por la organización de las fiestas, a diferencia de los que permanecieron en la capital y sufrieron el bochorno de una celebración con una casi nula organización y apoyo.
Política.
El Gobierno no puede, aunque quiera, desligarse del fraude capitalino. El país hizo el ridículo ante los turistas y la prensa internacional. La mala impresión que se llevaron echa por tierra los millones de dólares que invierte el Estado para atraer turistas.
Organización.
No se trata de destinar millones para gastar sin mayores controles ni transparencia, como en gobiernos pasados. Pero tampoco se puede jugar con la imagen del país. Estas fiestas afectan y benefician a muchas personas; el Gobierno no puede simplemente mirar para otro lado.